Fiesta de San José obrero. El día del trabajador
Es costumbre que cada 1 de mayo, día del trabajador, celebremos en la Iglesia la fiesta de San José obrero. Por ese motivo, deseo compartir una reflexión acerca de la dignidad del trabajo que nos ayude a vivir esta dimensión esencial del hombre, como obra de colaboración con Dios.
El trabajo a la luz de la creación
La tradición judeocristiana ha entendido siempre el trabajo como una dimensión esencial en la vida del hombre.
Ya en los primeros capítulos del libro del Génesis la revelación nos indica que el trabajo es algo querido por Dios para el hombre. Después de la creación del mundo, Dios crea al hombre a su imagen y semejanza y le encomienda toda la creación para que la trabaje y pueda así colaborar con Él en esa labor “Tomó, pues, Yahveh Dios al hombre y le dejó en al jardín de Edén, para que lo labrase y cuidase”1.
Es algo admirable que vemos en toda la Sagrada Escritura, y que podemos apreciar en la relación de Dios con todos los hombres y mujeres que allí aparecen, que Dios busca siempre colaboradores. Digo que es admirable porque siendo Dios omnipotente, parece que podría realizar toda su obra por sí solo y, sin embargo, ha querido compartir con el ser humano su labor creadora.
Por otro lado, es lógico que habiendo sido creado a su imagen y semejanza, diciendo Jesús “mi Padre siempre trabaja y por eso yo también”2, que también el hombre esté llamado a ser homo laborens. Y si Jesús siempre trabaja porque el Padre lo hace, también es lógico que nosotros tengamos que trabajar siguiendo a Jesucristo, el modelo acabado de hombre en quien el Padre se ha fijado para hacernos a su imagen y semejanza.
Bajo este prisma de la revelación, el trabajo se entiende como obra de colaboración y de imitación al Dios Santo, que nos conduce hacia nuestra propia santificación y la del mundo entero.
Veamos aquí las palabras del Concilio Vaticano II:
“La actividad humana individual y colectiva o el conjunto ingente de esfuerzos realizados por el hombre a lo largo de los siglos para lograr mejores condiciones de vida, considerado en sí mismo, responde a la voluntad de Dios. Creado el hombre a imagen de Dios, recibió el mandato de gobernar el mundo en justicia y santidad, sometiendo a sí la tierra y cuanto en ella se contiene, y de orientar a Dios la propia persona y el universo entero, reconociendo a Dios como Creador de todo, de modo que con el sometimiento de todas las cosas al hombre sea admirable el nombre de Dios en el mundo.
Esta enseñanza vale igualmente para los quehaceres más ordinarios. Porque los hombres y mujeres que, mientras procuran el sustento para sí y su familia, realizan su trabajo de forma que resulte provechoso y en servicio de la sociedad, con razón pueden pensar que con su trabajo desarrollan la obra del Creador, sirven al bien de sus hermanos y contribuyen de modo personal a que se cumplan los designios de Dios en la historia”.
Gaudium et spes, n. 34
La caída del hombre
A partir de la caída de Adán y Eva el Génesis nos muestra que el pecado del hombre ha introducido en la creación un desorden que la afecta de manera global, y de forma particular al ser humano: “Sacarás del suelo el alimento con fatiga todos los días de tu vida”3.
Evidentemente, esta fatiga no se refiere al sudor y esfuerzo que requiere necesariamente toda labor humana. En su estado original, Adán y Eva estaban llamados a esforzarse en su trabajo como Jesús y María siendo santos tuvieron que esforzarse también en su vida de Nazaret. Podemos recordar aquí las palabras del evangelista san Juan, “Jesús, cansado del camino, se sentó junto al pozo de Sicar”4.
Esa fatiga a la que hace referencia el autor sagrado se refiere a la aflicción y a la pesadumbre que suele acompañar al trabajo del hombre caído, al disgusto, a la pereza y a la desidia que muchas veces nos atenazan en nuestra labor cotidiana.
El pecado ha herido las facultades más propiamente humanas como son el entendimiento y la voluntad, de manera que muchas veces vemos -entendemos- el hecho de trabajar como algo que nos dificulta la felicidad plena, y también otras muchas veces aborrecemos -no queremos voluntaria y libremente- entregarnos a esa labor de trabajar.
Por otro lado, otro de los efectos que el pecado ha introducido en la naturaleza humana es el desorden con el que muchas veces afrontamos la vida, con una inversión de los medios y los fines, afrontando el trabajo como un fin -idolatría- y no como un medio para alcanzar la plenitud y felicidad que solo pueden hallarse cuando vivimos el trabajo como una donación de amor a Dios y a los demás.
El trabajo a la luz de la obra redentora de Jesucristo
Con su vida Jesucristo ha redimido el mundo, y particularmente al hombre, liberándolos del pecado y de sus consecuencias.
Él ha santificado la dimensión del trabajo en el hombre no solo con su encarnación, pasión, muerte y resurrección, sino también con su trabajo cotidiano, viviéndolo como obra de colaboración con su Padre y como donación de amor a Él y a los hombres. Su entrega oblativa de cada día nos ha precedido como modelo de vida y de satisfacción por nuestros pecados.
Como verdadero hombre, Jesucristo ha aprendido desde pequeño de José y María a colaborar en las tareas cotidianas del hogar y a trabajar denodadamente junto a ambos para ganar el pan de cada día, siempre como colaboración a la obra providente de Dios en el mundo.
Recordemos aquí las palabras de Pablo VI en una de sus alocuciones:
“Aquí [en Nazaret] aprendemos también la lección del trabajo. Nazaret, la casa del hijo del artesano: cómo deseamos comprender más en este lugar la austera pero redentora ley del trabajo humano y exaltarla debidamente; restablecer la conciencia de su dignidad, de manera que fuera a todos patente”.
Nazaret, 5 de enero de 1964
Distorsión de la dimensión trabajadora del hombre en la modernidad
La modernidad, con su alejamiento de Dios, ha traído a occidente un proceso de secularización que ha distorsionado la visión cristiana de la dimensión trabajadora del hombre.
El trabajo ha perdido su enfoque de colaboración a la obra de Dios. Ya no es un medio para alcanzar nuestro fin, el de la felicidad plena en Dios o santidad; ya no es tanto un medio para la donación de amor a Dios y al prójimo.
Eliminado Dios del horizonte humano, el trabajo se ha convertido en muchos casos en un medio para alcanzar fines que no son plenos, como son la riqueza, una supuesta vida mejor o bienestar perfecto, el prestigio, etc.
En otros casos, el trabajo se ha convertido en un fin en sí mismo, como si este pudiese dar la felicidad por sí solo.
Autorrealización y autodeterminación
Toda esta desfiguración acerca del trabajo se resume hoy en día con algunos términos muy de moda, como son el de la autorrealización o el de la autodeterminación, que nos prometen una vida de falsa plenitud y felicidad.
Según esta concepción de la vida y del trabajo, y gracias al igualitarismo reinante que nos ha persuadido de que el hombre no es verdaderamente libre si no tiene igualdad de oportunidades, el hombre puede ser lo que se le antoje, luchar con todo su esfuerzo por ello -porque querer es poder-, e ir si hace falta al fin del mundo para encontrar dicha autorrealización.
Es indudable que este planteamiento de autodeterminación lleva cada vez más al hombre a vivir profundamente desarraigado, social, cultural y familiarmente. Para dar culto a Dios no tenemos tiempo. Para la familia o para formar una propia tampoco lo tenemos. Para tener hijos, mucho menos. Si acaso, un animal de compañía.
Dos ejemplos de una vivencia distorsionada del trabajo
Vemos como gracias a la igualdad de oportunidades parece haber sucedido lo siguiente. Antiguamente, una persona se dedicaba a trabajar en aquello a lo que sus padres y abuelos se habían dedicado durante décadas. Posteriormente, los hijos pudieron escoger el trabajo que deseaban y dedicarse a él a lo largo de toda su vida. En la actualidad, una persona se ve obligada a trabajar en varios y difentes trabajos a lo largo de toda su vida.
Por otro lado, muchos trabajos se han convertido en lo suficientemente indignos como para dedicarnos a ellos. Porque quiero -decimos-, que mi hijo vaya a la universidad y pueda encontrar un buen trabajo. Ser agricultor, ganadero, o cualquier otro tipo de trabajo manual o artesano, es algo que dejamos para los demás. Nadie, estando en el paro, estaría dispuesto a dedicarse a esas labores.
Un segundo ejemplo de distorsión. ¿Acaso no comenzamos la semana con el fastidio de que es lunes? ¿Acaso no trabajamos desde ese mismo lunes contando los días para que llegue el fin de semana o contando las semanas hasta que lleguen las próximas vacaciones?
El desprecio del trabajo en la posmodernidad
Pero dando un último paso, podemos afirmar que en la actualidad ya no podemos hablar de una distorsión de la visión cristiana del trabajo, sino del desprecio mismo del trabajo humano. Porque del alejamiento de Dios en la modernidad hemos pasado al nihilismo absoluto de la posmodernidad.
La fuerza ya no se pone tanto en la negación de Dios, que también. Ahora lo que se niega es la verdad, el bien y la belleza. Ni la verdad ni el bien objetivos existen. Respecto a la belleza, lo que se lleva es el feísmo, el culto a lo feo. Por eso, el hombre de hoy está empezando a creer que no es posible encontrar un verdadero trabajo que nos haga bien y que sea bello.
No sabemos qué nos deparará nuestra futura sociedad. Pero quizás nos hayamos dado cuenta, que ahora la tendencia que está comenzando a ponerse de moda es la de no trabajar. Recibir una paguita de situación vulnerable, aunque nos dé solo lo justo para comer y tener nuestros caprichitos.
Los más vaticinadores respecto a los pronósticos del futuro dicen que caminamos hacia una sociedad en la que la inteligencia artificial servirá para que las máquinas sean las que trabajen y los hombres disfrutemos de la vida. Será el Estado el que nos dará nuestra correspondiente paga vital para poder obtener las raciones alimentarias necesarias y los objetos precisos para nuestro bienestar social.
Pero si seguimos olvidando -como nos dice el sentido común y nos recuerda la fe cristiana-, que el trabajo es una dimensión esencial del hombre-, entonces no disfrutaremos de la altísima dignidad del trabajo humano.
Restauración del homo laborans
La restauración del hombre como homo laborans pasa, por tanto, por buscar la plena realización personal en los planes providentes de Dios, viviendo y trabajando con la conciencia de ser colaboradores con Él.
Esa conciencia solo se adquiere al calor de la oración cristiana, entendida como trato de amistad con Cristo vivo que nos ama y nos llama a cada instante a vivir todo en comunión con Él. Maravillosamente lo ha entendido siempre la tradición cristiana a la luz del lema de San Benito, patrono de Europa, ora et labora.
Nuestros proyectos, nuestros planes, nuestras decisiones han de vivirse siempre en la presencia de Dios. No es posible la falsa promesa de la autorrealización. El hombre no puede realizarse a sí mismo. Solo Dios puede plenificarnos si dejamos que Él realice su obra en nosotros. No se trata con nuestra vida de formar parte de la historia sino de que Él haga historia de salvación en nosotros.
San José obrero, ruega por nosotros.
1 de mayo de 2024.