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La verdad y el bien fuera de la Iglesia

El evangelio de este domingo da pie a comprender la existencia de la verdad religiosa y el bien moral fuera de la Iglesia, pues Jesucristo alaba que al margen de su seguimiento puedan darse también esa verdad y ese bien, que se encuentran en plenitud en la Iglesia católica y se hayan también como destellos de Cristo fuera de Ella pero siempre ordenados hacia Ella.

La indefectibilidad de la Iglesia

La indefectibilidad es una de las características más propias de la Iglesia. De hecho, el diccionario de la RAE afirma que es esta una cualidad especialmente referida a la Iglesia Católica. Esto es lo que quiso decir el Señor cuando, en la confirmación de Pedro como cabeza de la Iglesia, afirmó que el poder del infierno no la derrotaría (cf. Mt 16, 13-20).

La santidad de la Iglesia

El evangelio de este domingo nos puede ayudar a tomar conciencia de la santidad de la Iglesia para que podamos amarla mucho y hablar siempre bien de ella. Su santidad se debe a la santidad de su fundador, a que él mismo la ha santificado, a que tiene en plenitud los medios para nuestra santificación y a que su fin es la santificación de los hombres.

Al Resucitado lo encontramos en la Iglesia

Los evangelios que narran la resurrección del Señor nos muestran que al Resucitado lo encontramos en la Iglesia. En ellos pueden apreciarse tres modos de afrontar el misterio de Jesús de Nazaret que nos llevan a comprender la indisoluble e inseparable relación entre Jesucristo y la Iglesia, que surge por el misterio de su pasión, muerte y resurrección.

Jesús nos sana corporal y espiritualmente

El pasado domingo contemplamos a Jesús realizando todo tipo de curaciones físicas y espirituales. Él hace las veces de médico para con nosotros, médico del cuerpo y del alma. En este domingo aparece sanando a un leproso que acude a Jesús y le pide con fe la curación: “Si quieres puedes curarme”.

Reconocer juntos la voz de Dios

Después de haber celebrado el misterio del Dios hecho hombre, Jesucristo comienza su vida pública acercándose al rio Jordán para ser bautizado por Juan el Bautista. Allí el Padre nos confirma su filiación divina y nos manifiesta su amor de predilección por su Hijo eterno. Finalizamos así el tiempo de la Navidad.

Somos moneda de Dios

Llama la atención como el evangelio ha permeado la cultura de la humanidad hasta el punto de que muchas de las expresiones bíblicas formen parte del refranero de la mayoría de las lenguas que se hablan en el mundo. Un ejemplo claro es la expresión del evangelio de este domingo “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” con la cual Jesús responde a los fariseos.

Permanecer siempre en la Iglesia

El cenáculo, en el cual Cristo celebró la última cena, es la imagen de la Iglesia donde siempre y principalmente encontramos a Jesucristo vivo y resucitado. De ahí la importancia de permanecer siempre en la Iglesia, instituida por él y a la que se unió en su pasión, muerte y resurrección, como el esposo a la esposa, formando con ella una e indisoluble unidad.

Permanecer siempre en el cenáculo

Tanto en el evangelio de este III domingo de pascua, como en el del domingo pasado, Jesús nos invita a permanecer siempre en el cenáculo, el lugar donde Cristo celebró la Última Cena, donde él se les manifestó resucitado y donde, junto con María en oración, recibieron la efusión del Espíritu Santo.

Se acercaron con los ruegos de la fe

Los diez leprosos salieron al encuentro de Jesús cuando pasaba entre Samaria y Galilea. Sin embargo, no se atrevieron a acer-carse a Jesús y le gritaron desde lejos porque la ley no les per-mitía acercarse a los sanos. Pensaron que el maestro les recha-zaría y temieron acercarse físicamente, aunque sí se acercaron con los ruegos de la fe.