Domingo Gaudete

Domingo Gaudete

Este III domingo del tiempo del adviento, o Domingo Gaudete, nos sitúa ya en la mitad del camino hacia la Navidad.

Evangelio del III Domingo de Adviento Gaudete 2023 (B)

Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: este venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz. Y este es el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a que le preguntaran: «¿Tú quién eres?». 

Él confesó y no negó; confesó: «Yo no soy el Mesías». 

Le preguntaron:  «¿Entonces, qué? ¿Eres tú Elías?». 

Él dijo: «No lo soy». «¿Eres tú el Profeta?». 

Respondió: «No». 

Y le dijeron: «¿Quién eres, para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?». 

Él contestó: «Yo soy la voz que grita en el desierto: “Allanad el camino del Señor”, como dijo el profeta Isaías».

Entre los enviados había fariseos y le preguntaron: «Entonces, ¿por qué bautizas si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?».

Juan les respondió: «Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia». 
Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde Juan estaba bautizando.

Jn 1, 6-8.19-28

Domingo Gaudete

Gaudete es la palabra latina con la que comienza la antífona de entrada de este domingo, que se traduce por alegraos, y con la que San Pablo nos recuerda la presencia ya cercana del Señor: “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. El Señor está cerca”1Flp 4, 4-5.

Por otro lado, en la oración colecta de este domingo pedimos al Padre que nos conceda poder “llegar a la Navidad, fiesta de gozo y salvación, y poder celebrarla con alegría desbordante”.

Así pues, la cercanía de la Navidad nos tiene que llenar de una profunda alegría, una alegría que no es como la insignificante y pasajera alegría de este mundo.

En el siglo XIX Nietzsche se aventuró a proclamar la muerte de Dios. Con ello quiso significar que Dios ya no es, ni debería ser, importante para el hombre actual. Pero el alejamiento de Dios ha conducido al hombre a un callejón sin salida y a vivir según la ley de la selva. Quizás sea esa la causa por la que el mundo vive muy triste.

La alegría cristiana

La invitación de San Pablo es clara: no hay verdadera y profunda alegría que no esté anclada en el Señor. Por eso no dice solo alegraos, sino “alegraos en el Señor”. Y el motivo lo da a continuación: “porque el Señor está cerca”.

En efecto, solo el que vive en la espera salvífica del Señor Jesús -que vino, viene y vendrá siempre a nosotros con la fuerza de su amor-, solo ese puede vivir con una alegría que no se acaba. Una alegría que no se identifica con un mero estado anímico, o de emociones, independiente de nuestra libertad.

Quien mejor ha participado de esta alegría es la Virgen María, la cual proclama: “Se alegra mi espíritu en Dios mi salvador2Lc 1, 46-47.

Claves para la búsqueda de la alegría

Por eso, la alegría cristiana no es algo que se tiene y ya está, sino que es algo que se recibe como don pero que luego tiene que cultivarse día a día.

Dos pueden ser las claves en la búsqueda de la verdadera alegría, que pueden entenderse con el lema de San Benito ora et labora.

Por un lado, la alegría es un don que hay que pedir en la oración (ora). El cristiano no quiere una alegría propia sino que desea participar de la alegría de Cristo resucitado. Como reza el Salmo 85: “Alegra el alma de tu siervo, pues levanto mi alma hacia ti”. Hemos de orar para que uniéndonos al Señor podamos tener en nosotros su misma alegría.

Por otro lado, la alegría es algo que tiene que trabajarse para poder procurárnosla (labora). ¿Cómo? Pues viviendo en gracia de Dios, mortificando nuestros estados de ánimo, pasando del egoísmo a la caridad, abrazando con amor nuestra cruz de cada día y cultivando el apostolado de la alegría con los demás.

17 de diciembre de 2023.

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  • 1
    Flp 4, 4-5
  • 2
    Lc 1, 46-47