Celebramos hoy el segundo domingo después de Navidad en el que tradicionalmente la Iglesia nos ofrece de nuevo la posibilidad de acoger el nacimiento de Cristo en nuestras vidas.
Evangelio del II Domingo después de Navidad 2025 (C)
En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios.
Él estaba en el principio junto a Dios. Por medio de él se hizo todo,
y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió.El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo. En el mundo estaba;
el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció. Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron.Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios. Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.
Lc 1, 1-5. 9-14
Acoger el nacimiento de Cristo
Hay dos evangelios que nos narran el acontecimiento de la Navidad. Uno es el evangelio que escuchamos en la noche del 24 al 25, en la Misa de medianoche –o del Gallo-, y en el que san Lucas nos narra el anuncio del ángel a los pastores del nacimiento de Cristo en Belén. El otro es el prólogo de san Juan, que se escuchó en la Misa de la mañana de Navidad el pasado día 25, y que volvemos a escuchar hoy de nuevo.
Ambos evangelios nos hablan, por un lado, del misterio de la encarnación y el nacimiento de Jesucristo que viene a poner fin al drama de la infelicidad del hombre y, por otro lado, del drama del corazón de Dios que -como dice san Juan- “viniendo a su casa, los suyos no le recibieron”. Eso sí, cada evangelio lo hace desde una perspectiva diferente.
El primero es un texto -como más popular- escrito desde la perspectiva de la mirada de los hombres, y donde descubrimos al niño Jesús, junto a María y José. Se nos dice que el niño tuvo que ser recostado en un pesebre porque no encontraron sitio en la posada y que tan solo unos pocos pastores se enteraron aquella noche del gran acontecimiento del nacimiento del salvador.
El segundo nos muestra el mismo acontecimiento pero desde la perspectiva de la mirada de Dios. Nos narra la existencia eterna del Verbo de Dios –Unigénito de Dios- que vino a los hombres, y como éstos no le recibieron.
El drama del hombre
Ahora bien, el drama de nuestra vida es la distancia que hay entre lo humano y lo divino. Por un lado, siendo humanos y limitados tenemos una sed infinita de felicidad que no logramos alcanzar por nosotros mismos. Por otro lado, ofreciéndosenos la divinidad -y santidad de Dios- tenemos miedo de acogerla en nuestra vida so pena de perder todo lo que de bueno -pensamos- puede tener el hecho de ser humanos, como si hubiese una oposición entre lo humano y lo divino, o entre la felicidad y la santidad.
Sin embargo, Dios que es infinitamente perfecto y plenamente feliz ha querido hacerse hombre para que, por un admirable intercambio, nosotros podamos participar de su naturaleza divina. Él ha querido destruir el drama de nuestra contingencia e infelicidad situándose como puente entre lo humano y lo divino.
Y esta -dice San Agustín- es la mayor obra de misericordia que Dios ha realizado: el acontecimiento de la Encarnación por el cual Jesucristo se ha constituido en puente y alianza entre Dios y los hombres. Ahora el hombre puede encontrar en Cristo, verdadero hombre y verdadero Dios, su plenitud y felicidad.
La paciencia de Dios
Por último, cabe destacar la paciencia que Dios tiene al ofrecernos su salvación. Él no es triunfalista sino que gana las almas una a una en medio de nuestros continuos rechazos. Del mismo modo, la Iglesia ha de llevar a cabo su obra de evangelización con esa misma paciencia, poco a poco, sembrando el evangelio y aceptando que dé fruto a su debido tiempo.
Dios viene a nosotros y, aunque no le acojamos, es paciente por el inmenso amor que nos tiene. Viendo ese amor tan grande ¿no le invitaremos a pasar? No tengamos miedo a acoger el nacimiento de Cristo en nuestras vidas.
5 de enero de 2025.