Iniciado ya el tiempo ordinario, nos muestra el Señor en este tercer domingo la importancia y la premura de la llamada a la conversión: “Se ha cumplido el tiempo. Convertíos y creed en el Evangelio”..
Evangelio del III Domingo del T. Ordinario 2024 (B)
Después de que Juan fue entregado, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios; decía: «Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio».
Pasando junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés, el hermano de Simón, echando las redes en el mar, pues eran pescadores.
Jesús les dijo: «Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres». Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.
Un poco más adelante vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. A continuación los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon en pos de él..
Mc 1, 14-20
Llamada a la conversión
Según el lenguaje bíblico, la conversión consiste en el arrepentimiento de la vida pasada y en el deseo de cambiar hacia una vida nueva. Se trata de dos elementos que tienen que darse siempre juntos para que el deseo de conversión sea verdadero: sentir pena por el pecado cometido y proponerse cambiar de vida para no volver a cometerlo.
Este propósito de vida nueva, conocido comúnmente como el propósito de la enmienda, no se opone al hecho de que al ser pecadores podamos volver a caer en el mismo pecado. De hecho, esto sucede así habitualmente: sentimos verdadero arrepentimiento de nuestro pecado, nos proponemos no volver a cometerlo y, sin embargo, volvemos a hacerlo. Pero, en cualquier caso, la conversión siempre tiene que incluir ese propósito firme de enmendarnos.
Lo que no se encuentra en la línea de una verdadera conversión es que estemos arrepentidos pero que no queramos cambiar de vida. De hecho, eso significaría que no hay ni un verdadero arrepentimiento, ni un verdadero deseo de conversión.
Por eso, el impedimento que a veces se da para poder recibir el perdón o incluso un sacramento, no se encuentra en el hecho mismo del pecado, incluso aunque se trate del pecado más grave de todos los que se puedan cometer. La misericordia de Dios es infinita, porque infinito es su amor, y todo lo puede perdonar. El impedimento no está en el tipo de pecado, o en su mayor gravedad, sino en el hecho de no querer cambiar de vida.
Pidámosle al Señor un verdadero deseo de conversión y que nuestras caídas no nos lleven nunca a desesperar de su infinita misericordia.
21 de enero de 2024.