El anuncio del nacimiento de Cristo

El anuncio del nacimiento de Cristo

En esta noche santa de Navidad recibimos el anuncio del nacimiento de Cristo, y como consecuencia de él, surgen en nosotros una alegría y un compromiso.

Evangelio de la Medianoche de Navidad 2024 (C)

Sucedió en aquellos días que salió un decreto del emperador Augusto, ordenando que se empadronase todo el Imperio. Este primer empadronamiento se hizo siendo Cirino gobernador de Siria. Y todos iban a empadronarse, cada cual a su ciudad. También José, por ser de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret, en Galilea, a la ciudad de David, que se llama Belén, en Judea, para empadronarse con su esposa María, que estaba encinta. Y sucedió que, mientras estaban allí, le llegó a ella el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada.

En aquella misma región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño. De repente un ángel del Señor se les presentó; la gloria del Señor los envolvió de claridad, y se llenaron de gran temor.

El ángel les dijo: «No temáis, os anuncio una buena noticia que será de gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre».

De pronto, en torno al ángel, apareció una legión del ejército celestial, que alababa a Dios diciendo:
«Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad»..

Lc 2, 1-14

El anuncio del nacimiento de Cristo

Este es el anuncio de la Navidad: que Dios ha llegado a nosotros para rescatarnos. Que Él ha tomado nuestra carne humana, que se ha hecho semejante en todo a nosotros menos en el pecado.

El misterio de la encarnación es el admirable intercambio por el que Él -siendo Dios- se ha hecho hombre, para que nosotros -siendo hombres- seamos constituidos en hijos de Dios. Esta idea del intercambio aparece continuamente en la predicación de los padres de la iglesia, y en la liturgia que nos va a acompañar durante toda la octava de la Navidad, particularmente en el prefacio tercero de este tiempo.

San Agustín, en una noche como esta, hace 1.500 años, predicaba así:

Despiértate. Dios se ha hecho hombre por ti.

Despierta tú que duermes. Levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz. Por tí precisamente Dios se ha hecho hombre.

Hubieses muerto para siempre, si Él no hubiese nacido en el tiempo. Nunca te hubieses visto libre de la carne del pecado, si Él no hubiera aceptado la semejanza de la carne.

Una inacabable miseria se hubiese apoderado de ti, si no se hubiera llevado a cabo esta misericordia. Nunca hubieras vuelto a la vida, si Él no hubiera venido al encuentro de tu muerte. Te hubieras derrumbado, si Él no te hubiera ayudado. Hubieras perecido, si Él no hubiera venido.

Celebremos con alegría el advenimiento de nuestra salvación y redención. Celebremos este día afortunado en el que quien era el inmenso y eterno, de quien procedía el universo, descendió hasta nosotros en nuestra misma carne mortal.

La alegría de saber que Cristo es nuestro salvador

Y este gran anuncio, que Cristo ha hecho desaparecer la distancia infinita entre Dios y el hombre, crea en nosotros una conciencia de alegría, plenitud y felicidad.

Como Juan el Bautista, nosotros preguntamos en esta noche a Jesús: “¿Eres tú el que había de venir, o hemos de esperar a otro?”1. ¿Eres tu el que esperamos para ser felices? ¿o hemos de esperar la felicidad de otro o de las cosas de este mundo? Y nos preguntamos también qué tendría que ocurrir para que pueda alcanzar la salud, o el trabajo que no tengo, o qué sé yo. Muchas veces pensamos así.

Y Jesús nos responde. No tienes que esperar a otro. Solo en mí puedes encontrar la plenitud, la felicidad, la santidad -porque santidad y felicidad son dos caras de la misma moneda. Por tanto, nuestra plenitud está en Jesús, y es una pena que desconozcamos esto, y es terrible que tengamos a Jesús y no lo disfrutemos.

El compromiso de ser santos

Pero ese anuncio no solo nos lleva a conocer que Cristo es nuestro salvador, sino que también nos lleva a comprometernos porque esta alegría nos invita a comprometernos en una transformación. Este anuncio no es solo una teoría sino que ha de producir en nosotros la encarnación del hombre nuevo.

Los rencores han de disiparse y el egoísmo ha de desaparecer. Hemos de ir olvidándonos de nosotros mismos, es decir, no ser de nosotros mismos, sino ser de Dios y ser para los demás.

Así lo expresa san León Magno, que fue cohetaneo de san Agustín, en una homilía también de esta noche santa:

Despojémonos, por tanto, del hombre viejo con todas sus obras. Y ya que hemos recibido la participación de la generación de Cristo, renunciemos a las obras de la carne.

Reconoce cristiano tu dignidad, y puesto que has sido hecho partícipe de la naturaleza divina, no pienses en volver con un comportamiento indigno a las antiguas vilezas.

Piensa de qué cabeza y de qué cuerpo eres miembro.

No olvides que fuiste liberado del poder de las tinieblas y trasladado a la luz y al reino de Dios.

Gracias a la redención de Cristo, te has convertido en templo del Espíritu Santo. No se te ocurra ahuyentar con tus malas acciones a tan noble huésped, ni volver a someterte a la servidumbre del demonio, porque tu precio es la sangre de Cristo.

Es impactante la fe de los Padres de la Iglesia, y lo qué predicaban en esta noche santa.

El anuncio del nacimiento de Cristo nos lleva a conocer dónde está nuestra verdadera alegría y a entregarnos en la batalla por la santidad.Feliz Navidad a todos.

25 de diciembre de 2024.

  1. cf. Lc 7, 18-22 ↩︎