XXVII Domingo del Tiempo Ordinario (B)

En aquel tiempo, se acercaron unos fariseos y le pregunta­ron a Jesús, para ponerlo a prueba: «¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?»

Él les replicó: «¿Qué os ha mandado Moisés?»

Contestaron: «Moisés permitió divorciarse, dándole a la mujer un acta de repudio.»

Jesús les dijo: «Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precep­to. Al principio de la creación Dios «los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se uni­rá a su mujer, y serán los dos una sola carne». De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.»

En casa, los discípulos volvieron a preguntarle sobre lo mismo.

Él les dijo: «Si uno se divorcia de su mujer y se casa con otra, co­mete adulterio contra la primera. Y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio.»

Mc 10,2-12

El matrimonio, una vocación hermosa

Las palabras de Jesús en el evangelio de este domingo sobre el matrimonio, “lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre”, siempre nos parecen palabras duras, mucho más en estos tiempos que vivimos, donde siete de cada diez matrimonios acaban en ruptura. Y es que el mundo de hoy, en el olvido de Dios, ha olvidado también que el matrimonio es una vocación, es una llamada de Dios. Y esto por dos razones:

En primer lugar, desde un punto de vista más como institución natural, es una llamada a colaborar con él en la creación. Dios siempre busca colaboradores, pero al hacerlo, él no nos abandona, no deja a un lado su responsabilidad como Creador. Él quiere seguir siendo el protagonista, pero contando con nosotros. Podemos preguntarnos si contamos con Dios en el matrimonio, si aceptamos que Dios sea el protagonista y nosotros sus colaboradores.

En segundo lugar, visto como sacramento instituido por Cristo, el matrimonio es una llamada a ser signo del amor esponsal que Dios tiene con su pueblo que es la Iglesia. San Pablo lo dice a los Efesios: “Es este un gran misterio. Yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia”. Qué vocación más hermosa, donde los esposos se entregan mutuamente, siendo ambos Cristo para el otro, y viendo ambos en el otro a Cristo a quien amar con todo su corazón. Así el matrimonio se convierte en luz del mundo, reflejando el amor de Dios a los hombres en Cristo Jesús.

La clave para llegar a buen puerto en la vocación matrimonial, como en la vocación sacerdotal o consagrada, está aquí: “Para el hombre es imposible, pero para Dios todo es posible” (Mc 10, 27).

2 de octubre de 2021.