Unas palabras huérfanas
En aquel tiempo, Jesús comenzó a decir en la sinagoga: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír».
Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca. Y decían: «¿No es este el hijo de José?».
Pero Jesús les dijo: «Sin duda me diréis aquel refrán: “Médico, cúrate a ti mismo”, haz también aquí, en tu pueblo, lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún».
Y añadió: «En verdad os digo que ningún profeta es aceptado en su pueblo. Puedo aseguraros que en Israel había muchas viudas en los días de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías sino a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, sin embargo, ninguno de ellos fue curado sino Naamán, el sirio».
Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino.
(Lc 4, 21-30)
Son muchas las veces que sentimos admiración por el Señor y por sus palabras, pero no siempre confiamos totalmente en él. Nos falta mayor confianza en él. Tenemos que decirle como San Pedro: “Creo Señor, pero aumenta mi fe”. Así les sucede a los judíos que aparecen en el evangelio de este IV Domingo del Tiempo Ordinario. Se encuentran en la sinagoga y, al escuchar a Jesús, “se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca”, pero a continuación le muestran reticencias extrañándose: “¿No es este hijo de José?”. Señor, como Pedro, te pedimos que hagas crecer nuestra fe y podamos así fiarnos siempre de ti, hijo de José, pero también Hijo del Eterno Dios Padre.
¿Y qué es lo que los judíos no creen de Jesús? Qué él sea el Mesías. Era un sábado y Jesús acaba de proclamar la Palabra de Dios en la sinagoga. Había leído el texto del profeta Isaías que dice «el Espíritu del Señor está sobre mí porque él me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos, la vista a los ciegos…”. Toda palabra tiene un autor que las pronuncia. Pero, eh aquí algo asombroso: estas palabras estaban en la Sagrada Escritura y no tenían autor, es decir, nadie las había pronunciado nunca. Eran unas palabras huérfanas. Al leerlas Jesús y decir “hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír”, estaba indicando que esas palabras eran suyas, que él era su autor, que le correspondía a él decirlas, y solo a él. Eran palabras que se habían escrito en profecía hasta que llegase el momento y pudiesen ser pronunciadas por su autor, el ungido y enviado, el Hijo de Dios hecho hombre.
Qué hermoso es ser cristiano, conocer a Jesucristo verdadero Dios y verdadero hombre, el que me libera de la cautividad de mi pecado, el que me cura de la ceguera por mi falta de fe. Gracias Jesús, Salvador de la humanidad.
30 de enero de 2022.