III Domingo del Tiempo de Cuaresma (C)

Cristo nos cuida con mimo

En aquella ocasión, se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos, cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían.

Jesús les contestó: ¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no. Y si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.

Y les dijo esta parábola: Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: –Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde? Pero el viñador contestó: –Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, el año que viene la cortarás.

(Lc 13, 1-9)

Acercándonos al centro de la Cuaresma nos recuerda el Señor la urgencia de la conversión en nuestra vida, animándonos a que no se nos pase el tiempo.

Era costumbre en tiempos del Señor que toda viña tenía en medio una higuera para dar sombra y cobijo a su dueño en los momentos de la jornada de mayor calor y fatiga. Por otro lado, su fruto dulce y abundante también servía de alimento y tentempié. Un árbol que incluso proporciona dos cosechas al año, las brevas y los higos.

El Señor, en la parábola de la higuera que no da fruto, nos muestra el descontento del dueño de la viña al comprobar su infecundidad después de tres años de espera. Pero el viñador, que seguramente ya llevaría tiempo cuidando con desvelo la higuera, quiere intentarlo una vez más con la esperanza de que pueda dar fruto de nuevo.

Nosotros somos esa higuera que no da los frutos de santidad que el Padre espera. Frutos que consisten en parecernos a Él, como nos dirá Jesús: “sed santos como vuestro Padre celestial es santo”1Mt 5, 48. Pero Jesucristo está dispuesto a seguir cuidándonos, a seguir poniendo de su parte para que se reconduzca nuestra vida y podamos dar fruto y fruto de vida eterna.

Él nos cuida con mimo, como el viñador a la higuera, para que demos fruto dulce y abundante. Cava a nuestro alrededor con el regalo de la cruz que nos purifica, nos abona y riega con el alimento de su Palabra y de su Cuerpo y Sangre, etc. Porque “el Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia, […] perdona todas nuestras culpas y nos sana de todas nuestras enfermedades”2Sal 102.

Dejémonos cuidar por el Señor. No seamos como los israelitas en el desierto que, como nos dice San Pablo, “todos comieron el mismo alimento espiritual y todos bebieron la misma bebida espiritual, pues bebían de la roca espiritual que les seguía; y la roca era Cristo. Pero la mayoría de ellos no agradaron a Dios”31 Co 10, 1-6.

20 de marzo de 2022.

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  • 1
    Mt 5, 48
  • 2
    Sal 102
  • 3
    1 Co 10, 1-6