Dios es Amor. Esta es la verdad central del cristianismo que aparece revelada con total claridad en toda la tradición cristiana, tanto en el antiguo, como en el nuevo testamento.
Evangelio del Domingo XXIV del Tiempo Ordinario 2022 (C)
En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: «Ese acoge a los pecadores y come con ellos».
Jesús les dijo esta parábola: «¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos, y les dice: “¡Alegraos conmigo!, he encontrado la oveja que se me había perdido”.
Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.
O ¿qué mujer que tiene diez dracmas, si se le pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas y les dice: “¡Alegraos conmigo!, he encontrado la moneda que se me había perdido”.
Os digo que la misma alegría tendrán los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta».
Lc 15, 1-10
La realidad del amor
El amor es una realidad muy particular. Podemos entenderlo en primer lugar como una tendencia del hombre a adquirir aquello que le falta. Es lo que se conoce como el eros griego, que busca satisfacer la necesidad que se tiene de algo. Ese eros no lo encontramos en Dios, pues siendo perfecto no tiene necesidad de nada.
Pero el amor podemos entenderlo en un segundo lugar como un impulso a comunicar lo que se tiene y, en ese sentido, San Ignacio de Loyola dice que “el amor consiste en que el amante de al amado de lo que tiene y, al contrario, el amado al amante”. Este es el amor que se conoce como el ágape cristiano. Un ejemplo de ello lo encontramos cuando alguno de nosotros, amando a alguien a quien no le debemos amor, le manifestamos nuestro amor haciéndole un regalo. En este caso no sucede como en el eros griego, que se ama por una necesidad, sino que aquí el corazón actúa con la pura intención de hacer bien a la persona que se ama.
Este último es el amor propio de Dios, que no ama por necesidad, sino porque quiere libremente comunicarnos de lo que él tiene. En efecto, la creación es una obra del amor de Dios, de la que no tiene ninguna necesidad. Si Él lleva a cabo esa obra es porque su amor de ágape le lleva gratuitamente a querer compartir lo que Él es. Podríamos decir que su amor es tan grande que eso le lleva a crear unas criaturas a las que regalar, o en las que derramar, ese amor que le desborda.
Ahora bien, el amor de ágape es una realidad que, una vez que comienza a darse por parte del amante hacia el amado, hace surgir la necesidad de ser correspondido. Por eso el enamorado sufre cuando no su amor no recibe respuesta. Y aquí es donde surge lo que podríamos llamar “la necesidad en Dios de ser amado”. Esta realidad aparece maravillosamente revelada en las palabras de Jesús a la Samaritana «dame de beber»1Jn 4, 7 y en las que dice también en la cruz: “tengo sed”2Jn 19, 28. Para San Juan, el mismo que dice en su primera carta que “Dios es Amor”31 Jn 4, 8, esa sed de Jesús es sed del amor de su criatura, de cada uno de nosotros.
Dios es Amor
Y solo de este modo pueden entenderse las palabras de Jesús en el evangelio de este XXIV Domingo del tiempo ordinario cuando él nos habla de la alegría que se da en el corazón de Dios cuando le correspondemos con nuestro amor. En cuanto Dios, realidad sumamente perfecta, no tiene necesidad de ello. Pero desde el momento en que Él ha querido amarnos gratuitamente, desde ese mismo instante, si le amamos o no, eso le alegra o le entristece.
11 de septiembre de 2022.
-------------
- 1Jn 4, 7
- 2Jn 19, 28
- 31 Jn 4, 8