Finalizamos el tiempo de la Navidad celebrando el Bautismo del Señor, es decir, la epifanía o manifestación de su filiación divina.
Evangelio del Domingo del Bautismo del Señor 2024 (B)
En aquel tiempo, proclamaba Juan: «Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo y no merezco agacharme para desatarle la correa de sus sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo».
Y sucedió que por aquellos días llegó Jesús desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. Apenas salió del agua, vio rasgarse los cielos y al Espíritu que bajaba hacia él como una paloma. Se oyó una voz desde los cielos: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco».
Mc 1, 7-11
El Bautismo del Señor
Después de haber celebrado el misterio del Dios hecho hombre, Jesucristo comienza su vida pública acercándose al rio Jordán para ser bautizado por Juan el Bautista. Allí el Padre nos confirma su filiación divina y nos manifiesta su amor de predilección por su Hijo eterno.
Al acercarse, Juan trata de impedírselo porque es consciente de que Jesús no necesita ser bautizado. Efectivamente, el bautismo era un signo que Juan realizaba para que la gente, arrepentidos de sus pecados, pudiesen prepararse para la venida del Mesías -el Santo de Dios-. Sin embargo, Jesús le indica que su bautismo es necesario para cumplir así la voluntad del Padre, que tiene otros propósitos.
En efecto, Jesús no necesita el bautismo. Las razones de su bautismo son otras.
En primer lugar, Jesús quiere recibir el bautismo como un signo humildad. Él quiere hacerse solidario con el hombre pecador, abrazándolo para sanarlo. “Jesús no cometió pecado”1I Pe 2, 22 pero sí se puso en nuestro lugar, cargando con nuestro pecado.
Su bautismo también es un abajamiento, cuya inmersión en esas aguas simboliza su encarnación, pasión, muerte y sepultura. Su emerger de las aguas simboliza su futura resurrección y ascensión a los cielos.
De este modo, Jesús santifica las aguas en las que nosotros hemos de ser bautizados, pues nosotros sí necesitamos arrepentirnos de nuestros pecados y recibir su perdón. El bautismo de Juan era un signo, pero el bautismo de la Iglesia es un verdadero sacramento que nos perdona nuestro pecado original y nuestros pecados personales.
Por último, Jesús se bautiza para darnos ejemplo. Él va delante de nosotros y nos muestra el camino que hemos de seguir.
Injertados en el Hijo como verdaderos hijos de Dios
En el momento el Bautismo del Señor, el Padre manifiesta la filiación divina de su Hijo eterno. En nuestro bautismo, nosotros somos injertados en Jesucristo como verdaderos hijos de Dios. Ahora somos hijos en el Hijo. Por eso, las palabras del Padre, “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco”, son palabras que Dios dice también de cada uno de sus bautizados en Cristo.
7 de enero de 2024.
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- 1I Pe 2, 22