Las lecturas de la liturgia de este domingo pueden ayudarnos a comprender cuál tiene que ser el estilo de vida de los seguidores de Cristo.
Evangelio del XXII Domingo del T. Ordinario 2024 (B)
En aquel tiempo, se reunieron junto a Jesús los fariseos y algunos escribas venidos de Jerusalén; y vieron que algunos discípulos comían con manos impuras, es decir, sin lavarse las manos. (Pues los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos, restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores, y al volver de la plaza no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas). Y los fariseos y los escribas le preguntaron: «¿Por qué no caminan tus discípulos según las tradiciones de los mayores y comen el pan con manos impuras?».
Él les contestó: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos”. Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres».
Llamó Jesús de nuevo a la gente y les dijo: «Escuchad y entended todos: nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre.
Mc 7, 1-8.14-15.21-23
Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro».
La primera lectura del libro de Deuteronomio, cuyo nombre significa segunda ley, es un compendio de las leyes del Pueblo de Israel. La primera ley sería la que Dios dio a Adán y Eva.
Una de las características de este libro es que en todo momento recalca que la ley de Dios es siempre justa y liberadora, y que no ha de comprenderse nunca como un peso o una carga. Así se expresa Moisés al decir que “no hay nación tan grande que tenga unos mandatos y decretos tan justos como toda esta ley”.
Uno de los grandes problemas de la cultura actual es que muestra un gran recelo y sospecha sobre la ley de Dios. Según este planteamiento, Dios siempre quita libertad al hombre. Sin embargo, y es esta una experiencia que tenemos que hacer, observamos que nuestro mundo nos propone libertad pero nos esclaviza, mientras que Dios nos libera mediante el cumplimiento de sus mandatos.
Curiosamente, al llegar al Evangelio, podría parecer que Jesús habla contra la ley y los mandamientos que esta nos pide cumplir. Nada más lejos de la realidad. Jesús critica la actitud de los judíos que cumplen la ley sin cumplirla, es decir, que se quedan en la letra de la ley sin vivir su espíritu.
Jesús les reprocha que al olvidar el espíritu de la ley la traicionan. La ley no es un mero conjunto de normas que hay cumplir. La ley tampoco es un capricho de Dios. Al contrario, la ley de Dios expresa el modo recto de obrar que es bueno para el hombre y que hace honor a la bondad de Dios que busca siempre el bien del hombre.
El riesgo de matar el espíritu de la ley
Así, por ejemplo, el joven rico se presenta en el evangelio como alguien que cumple los mandamientos de la ley pero que no está dispuesto a seguir la voluntad de Dios. En cierto modo, es como si el joven rico le preguntara a Jesús: “Dime que tengo que hacer para cumplir la ley pero haciendo lo que me apetece”.
Por tanto, Jesús nos está advirtiendo en el evangelio del riesgo de disociar la letra de la ley con su espíritu, como si la ley no fuese sabia o justa de por sí.
¿Cómo podemos nosotros estar atentos para no caer en este riesgo? Podríamos observar un doble consejo.
En primer lugar, es importante que no entendamos la ley de Dios como separada de su amor, lo cual es siempre una tentación del maligno, el padre de la mentira. No hemos de plantearnos la vida moral preguntándonos qué está y qué no está permitido. Más bien hemos de preguntarnos qué agrada y qué no agrada a Dios, puesto que su agrado es siempre nuestro bien y el de nuestro prójimo.
Se trata de un cambio de planteamiento. Puede parecer lo mismo pero no lo es. Un ejemplo. No es que tenga que ir a Misa el domingo porque está mandado por Dios y por la Iglesia, sino que he de hacerlo porque a Dios le agrada que yo cumpla con ese mandato que Él me manda porque es bueno para mí.
En segundo lugar, es también muy importante que no nos limitemos tan solo al cumplimiento material -la letra- de la ley, sino que hemos de examinar la intención por la cual llevamos a cabo ese cumplimiento. ¿Lo hacemos por amor, para que nos vean, etc.? Puede que materialmente actuemos bien pero que nuestra intención no sea recta. La motivación principal para cumplir cada mandamiento ha de ser siempre el amor a Dios y al prójimo.
El estilo de vida de los seguidores de Cristo
La primera lectura subraya la importancia de la ley de Dios. El evangelio nos muestra que ésta no está muerta ni vacía de contenido, sino que tiene que vivirse con el espíritu con el que Dios nos la ha dado.
Cuando el Catecismo responde a la pregunta qué es la moral, lo hace definiendo la moral cristiana como el estilo de vida de los seguidores de Cristo. No queremos ser meros cumplidores de la ley sino seguidores de Jesús.
1 de septiembre de 2024.