La enseñanza clave de la liturgia y de la palabra de Dios de este VI domingo del tiempo ordinario es la confianza que hemos de poner en el Señor, y que aparece de forma condensada en la respuesta del salmo responsorial “Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor”.
Audio de la homilía (aquí próximamente)
Evangelio del VI Domingo del T. Ordinario 2025 (C)
En aquel tiempo, Jesús bajó del monte con los Doce, se paró en una llanura con un grupo grande de discípulos y una gran muchedumbre del pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón.
Él, levantando los ojos hacia sus discípulos, les decía: «Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados. Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis. Bienaventurados vosotros cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas.
Pero ¡ay de vosotros, los ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo! ¡Ay de vosotros, los que estáis saciados, porque tendréis hambre! ¡Ay de los que ahora reís, porque haréis duelo y lloraréis! ¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Eso es lo que vuestros padres hacían con los falsos profetas».
Lc 6,17.20-26
La confianza que hemos de poner en el Señor
En la primera lectura del profeta Jeremías el Señor llama malditos –de los que dice mal- a aquellos que “confían en el hombre y buscan su apoyo en las criaturas”. Estos, sigue diciendo el Señor, “habitarán en un árido desierto y en una tierra inhóspita”.
A estos contrapone el Señor, por boca de Jeremías, a los que llama benditos –de los que dice bien- por “poner su confianza en el Señor”, los cuales dice que serán “como un árbol plantado junto al agua”, “que da fruto” y “cuanto emprende tiene buen fin”.
Con estas palabras nos enseña el Señor a poner toda nuestra confianza en Él, es decir, a que Él sea el centro de nuestra vida, a que nuestra vida no gire en torno a nosotros o al resto de las criaturas, sean estas personas, cosas, proyectos, ideologías, o cualquier otra cosa que no sea Dios.
Bienaventurados los pobres en el espíritu
Por otro lado, el evangelio nos muestra este domingo la enseñanza acerca de las bienaventuranzas. El término bienaventuranza es sinónimo de felicidad -en esta vida, pero sobre todo en la vida eterna- y de dicha. Por eso, el término bienaventurados es traducido a veces como felices o dichosos. En cuanto al significado, podemos decir también que bienaventuranza y santidad son lo mismo, pues ambos coinciden en una unión profunda con Dios, como la que se da de forma pleno en el cielo.
Y el espíritu de las bienaventuranzas es el espíritu del que confía en el Señor, especialmente la primera: “bienaventurados los pobres porque de ellos es el Reino de Dios”. Aunque san Lucas se fija más en la pobreza material de los que no tienen frente a los ricos, san Mateo se centra más en la pobreza en sentido espiritual, es decir, de aquella que se da en aquellos cuya riqueza es el Señor y que, por tanto, son pobres en cuanto que no ponen su riqueza en sí mismos ni en el resto de las criaturas.
De este modo, se enlaza el evangelio con la primera lectura y el salmo, porque son bienaventurados aquellos que ponen su confianza en el Señor.
El ejemplo de los santos
Celebramos ayer en la Iglesia a san Claudio de la Colombière, un santo francés -no muy conocido- que destacó sobre todo, tanto en su vida como en su predicación, en esta virtud de la confianza, por lo que llegó a ser conocido incluso como “el apóstol de la confianza”.
Tiene una oración preciosa, conocida como el Acto de confianza de san Claudio, en la que dice por ejemplo:
“Estoy tan convencido, Dios mío, de que velas sobre todos los que esperan en Ti, y de que no puede faltar cosa alguna a quien de Ti aguarda todas las cosas, que he determinado vivir de ahora en adelante descargando en Ti todas mis inquietudes.
Y dice también estas palabras tan hermosas de confianza en el Señor:
Que otros pongan su confianza en sus riquezas o en sus talentos: que descansen otros en la inocencia de su vida, o en la aspereza de su penitencia, o en la multitud de sus buenas obras, o en el fervor de sus oraciones; en cuanto a mí toda mi confianza se funda en mi misma confianza [que tengo en ti]. Confianza semejante jamás quedó defraudada, pues «Nadie esperó en el Señor y quedó confundido».
Cuando el Señor le reveló a santa Margarita Mª de Alacoque que le envía un confesor y director espiritual -refiriéndose a san Claudio- que le ayudaría en las oscuridades y dudas que estaba sufriendo en su vida espiritual, dijo del santo: “No temas. Yo te enviaré a mi amigo perfecto, siervo bueno y fiel”.
Pues bien, esto es la santidad, ser amigos perfectos del Señor. Todos nosotros somos amigos del Señor, pero somos llamados a ser amigos perfectos del Señor.
Lo mejor que puede decir alguien de nosotros es que somos buen amigo suyo. Ojalá y el Señor pueda decir de cada uno de nosotros: “Eres un amigo perfecto”. Qué dicha tan grande cuando lleguemos al cielo y el Señor diga de nosotros: “Siervo bueno y fiel. Pasa al banquete de tu Señor”.
Al fin y al cabo, en esto consiste confiar en el Señor -la santidad-, en ser amigos perfectos del Señor.
16 de febrero de 2025.