XXXIV Domingo del Tiempo Ordinario (B)

Jesucristo, Rey del Universo

En aquel tiempo, dijo Pilato a Jesús: «¿Eres tú el rey de los judíos?»

Jesús le contestó: «¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?»

Pilato replicó: «¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?»

Jesús le contestó: «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí.»

Pilato le dijo: «Conque, ¿tú eres rey?»

Jesús le contestó: «Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz.»

(Jn 18, 33b-37)

Con la celebración de este domingo finalizamos el año litúrgico, y lo hacemos celebrando la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. También este mundo finalizará y se cumplirá la Palabra del Señor cuando al final de los tiempos Jesucristo se manifieste como ”único Soberano, Rey de reyes y Señor de señores”1I Tim 6, 14-15.

Cristo es Rey por varios motivos: en primer lugar porque él es desde toda la eternidad verdadero Dios junto con el Padre y el Espíritu Santo; en segundo lugar, respecto a la creación, porque ”todo fue hecho por Él, y sin Él nada se hizo”; y en tercer lugar, respecto a la redención, porque fuimos ”comprados a precio de su sangre”.

Ahora bien, el reinado de Cristo es un reinado muy diferente al de los reyes de este mundo, hasta el punto de que no debemos imaginarlo al modo como son estos reyes, sino que más bien son éstos los que tienen que parecerse a Él.

Este reinado de Cristo, que como bien dice Él ”no es de este mundo”, se diferencia de los reinos de este mundo, en primer lugar, porque consiste en ser testigo de la Verdad y en dar la vida en Amor al Padre y a los hombres; y en segundo lugar, se diferencia también porque no se ejerce en general, sino de forma personal, de corazón a corazón, amando a cada hombre de forma única e irrepetible, con humildad y mansedumbre de corazón.

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  • 1
    I Tim 6, 14-15