II Domingo del Tiempo de Adviento (C)

Preparemos el camino del Señor

En el año decimoquinto del imperio del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, y Herodes tetrarca de Galilea, y su hermano Filipo tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanio tetrarca de Abilene, bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, vino la palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto.

Y recorrió toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de conversión para perdón de los pecados, como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías: «Voz del que grita en el desierto: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; los valles serán rellenados, los montes y colinas serán rebajados; lo torcido será enderezado, lo escabroso será camino llano. Y toda carne verá la salvación de Dios».

(Lc 3, 1-6)

Iniciado ya el camino del adviento que nos lleva al encuentro del Señor que viene a salvarnos, no debemos olvidar que este camino es un camino interior, un camino del corazón.

Aunque este tiempo no es propiamente un tiempo penitencial, como sí lo es la Cuaresma, no debemos olvidar que sí es un tiempo con un cierto grado de penitencialidad. Al fin y al cabo, toda la vida cristiana debe tener ese carácter, porque penitencia significa conversión y el cristiano siempre tiene que vivir en espíritu de conversión. Además, este tiempo siembre fue en la historia y en la tradición de la Iglesia, una fuerte llamada a la conversión.

En este espíritu nos quiere introducir la Palabra de Dios de la liturgia de este segundo domingo de adviento. El evangelio: “Preparad el camino del Señor… que lo torcido se enderece”. Y san Pablo: “Que lleguéis al Día de Cristo limpios e irreprochables, cargados de frutos de santidad”.

No podemos, por tanto, ser conformistas o resignados con nuestro pecado, porque como dice la máxima espiritual cristiana: “el pecado no nos debe robar la paz, pero no debemos hacer las paces con el pecado”. Es verdad, nuestras caídas en el pecado no deben nunca hacer desaparecer nuestra esperanza en la misericordia de Dios que “no ha venido a llamar a los justos sino a los pecadores” (Lc 5, 32), pero la lucha contra el pecado en nuestra vida debe ser siempre, como coloquialmente se dice, a muerte (cf. Hb 12, 4ss), ya que el pecado nos destruye a nosotros y a nuestro prójimo y, por tanto, ofende al Buen Dios.

5 de diciembre de 2021.