No seas incrédulo, sino creyente

No seas incrédulo, sino creyente

En este II Domingo del tiempo de Pascua el Señor nos dice como a Santo Tomás: «No seas incrédulo, sino creyente». Es una llamada a confiar en Él y en su infinito amor y misericordia que nos ofreció con su muerte en la cruz y con su gloriosa Resurrección.

Evangelio del II Domingo de Pascua 2022 (C)

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». 

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». 

Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». 

Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo». 

A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros». 

Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». 

Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!». 

Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».

Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

(Jn 20,19-31)

No seas incrédulo, sino creyente

La resurrección de Cristo es un acontecimiento histórico, pero también sobrenatural, que trasciende el espacio y el tiempo. Jesucristo ha resucitado, y con ello queremos decir que estando muerto ha vuelto a la vida. Pero no ha vuelto a la vida de antes, sino que, glorificado por el Padre, vive ahora una vida nueva, la vida del resucitado.

En efecto, su divinidad que parecía esconderse en su pasión y que se manifestó muchísimas veces en los milagros que hacía, en el poder de perdonar los pecados, y muy especialmente en el momento de la Transfiguración, aflora ahora hacia fuera en una transfiguración de su cuerpo y de su alma que ya no es momentánea como en el Monte Tabor, sino que es para siempre. Dios Padre lo ha resucitado y lo ha glorificado.

La vida del Resucitado

Esa nueva vida del Resucitado ya no puede captarse únicamente con los sentidos exteriores, con los ojos, con el oído, o con el tacto, sino que se requiere además la fe, don sobrenatural que nos permite descubrir lo que nuestros sentidos corporales no son capaces de captar por sí solos. Ahora ya resucitado, Jesucristo no está aquí o allí, ahora o antes o luego, sino que su cuerpo y su alma glorificados por el Padre le hacen presente en todo lugar y en todo momento, cumpliéndose así su promesa: “yo estoy con vosotros todos días hasta el fin del mundo”1Mt 28,20.

Por eso, las apariciones del Señor no son un “llegar a estar donde no estaba”, sino más bien un “darse a ver allí donde ya está”. Donde leemos en las Sagradas Escrituras “se apareció” hay que traducir más correctamente “se dio a ver”.

Ahora bien, para poder descubrir esta presencia de Cristo Vivo y Resucitado junto a nosotros, necesitamos el don y la luz de la fe que solo Él puede darnos. Por eso, a sus palabras “no seas incrédulo, sino creyente”, respondamos nosotros como Tomás “Señor mío y Dios mío”, y también como Pedro“creo, pero aumenta mi fe”2Mc 9, 24.

24 de abril de 2022.

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  • 1
    Mt 28,20
  • 2
    Mc 9, 24