Solo Jesús hizo posible aquella pesca milagrosa. Únicamente Jesús resucitado hace posible una vida plena en este mundo y, en el otro, la vida eterna. Solo él puede llenar nuestro corazón de felicidad rebosante. Una felicidad que solo alcanzaremos plenamente cuando nos encontremos cara a cara con él, Amor infinito, Verdad plena, eterno Bien y suma Belleza.
Evangelio del III Domingo de Pascua 2022 (C)
En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera:
Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, apodado el Mellizo; Natanael, el de Caná de Galilea; los Zebedeos y otros dos discípulos suyos.
Simón Pedro les dice: «Me voy a pescar».
Ellos contestan: «Vamos también nosotros contigo».
Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.
Jesús les dice: «Muchachos, ¿tenéis pescado?».
Ellos contestaron: «No».
Él les dice: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis».
La echaron, y no podían sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo a quien Jesús amaba le dice a Pedro: «Es el Señor».
Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos doscientos codos, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan.
Jesús les dice: «Traed de los peces que acabáis de coger».
Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red.
Jesús les dice: «Vamos, almorzad».
Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor.
Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado.
Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos después de resucitar de entre los muertos.
(Jn 21, 1-14)
Y hasta que lleguemos a la vida eterna, tenemos que hacer lo que nos toca, como los apóstoles: «vayamos a pescar». ¿Y qué nos toca? Pues no dejar de entregarnos con amor a Dios y al prójimo allí donde él nos ha puesto, donde nos ha llamado: en nuestra familia, en nuestra comunidad parroquial, en nuestro trabajo, en nuestro entorno de amistad…
La Ciudad de Dios y la ciudad de los hombres
Para ello, es muy importante que no lo hagamos nunca solos, sino que como los discípulos, vayamos juntos a pescar, siguiendo a Pedro que es seguir a Cristo en la Iglesia, construyendo la Ciudad de Dios, no cayendo en la tentación de construir una vida y una sociedad al margen de Dios, la que S. Agustín1S. AGUSTÍN, La Ciudad de Dios llamó por contraposición la Ciudad de los hombres.
Estas ciudades de las que nos habló el santo no son lugares o grupos de personas concretos, ni tampoco hacen referencia una, a la Iglesia y otra, a la sociedad civil. La Ciudad de Dios o la de los hombres la construimos cada uno de nosotros en nuestro corazón en la medida en la que ponemos a Dios en el centro o al margen de nuestra vida. Eso, evidentemente, repercutirá en nuestro entorno hacia el bien o hacia el mal.
La pesca milagrosa
En esa Ciudad de Dios la pesca es siempre milagrosa porque es Cristo quien pesca a través de nosotros. Esa ciudad se construye según sus proyectos, según sus planes. De ahí la importancia de que el cristiano viva la docilidad espiritual, que debe cultivarse con una profunda vida espiritual. Una vida espiritual que no consiste primeramente en hacer cosas espirituales, lo cual también es importante, sino en vivir una vida en la que el espíritu de Cristo, el Espíritu Santo, nos inspira y nos mueve con sus mociones e “impulsos”. Para ello es necesario estar atentos al Señor y que echemos las redes dónde y cómo Él nos diga. Solo así podremos reconocerle en nuestra vida y decir como San Juan: “¡Es el Señor!”.
29 de abril de 2022.
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- 1S. AGUSTÍN, La Ciudad de Dios