No hay verdadera oración sin humildad

No hay verdadera oración sin humildad

Si el pasado domingo el Señor nos insistía en la importancia de ser diligentes en la oración, en este domingo quiere enseñarnos que esa oración tiene que hacerse con humildad, pues no hay verdadera oración sin humildad. Para ello el Señor nos pone dos ejemplos, el del fariseo que rezó con soberbia, y el del publicano que lo hizo con humildad.

Evangelio del Domingo XXX del Tiempo Ordinario 2022 (C)

En aquel tiempo, dijo Jesús esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás: «Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: “¡Oh, Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”.

El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “¡Oh, Dios!, ten compasión de este pecador”.

Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

Lc 18, 9-14

No hay verdadera oración sin humildad

Una oración que no esté edificada en la humildad del corazón será siempre una oración infructuosa, y por eso dice el Señor que el fariseo “regresó a su casa no justificado”.

El examen de conciencia

A ser humildes puede ayudarnos poderosamente el examen de nuestra vida. Santa Teresa de Jesús, cuya fiesta celebramos el pasado quince de octubre, enseñaba a sus hijas espirituales esta pauta para comenzar la oración: “Lo primero que se ha de hacer al comenzar la oración es santiguarse, examinar la conciencia, y reconocer los pecados”.

Esa examen o consideración de nuestra vida tiene que versar siempre sobre dos aspectos: el primero, los dones que hemos recibido de Dios, para darle gracias por su bondad; el segundo, la falta de correspondencia a esa bondad de Dios por nuestra parte, es decir, nuestros pecados.

Con esta consideración humilde de nuestra vida nos oponemos a la soberbia, que es menosprecio de Dios porque no reconocemos ni sus dones ni nuestros pecados. De esa soberbia se sigue siempre la dureza de corazón que nos hace juzgar a nuestro prójimo sin benevolencia, viendo en ellos solo los males y en nosotros solo los bienes. A su vez, ese juicio malévolo nos lleva a la crítica y a hablar mal de los demás.

El conocimiento de sí mismo

Por tanto, es importante conocernos con humildad. Ahora bien, como dice también Sta. Teresa, “jamás nos acabamos de conocer, si no conocemos a Dios”. Por tanto, no solo tenemos que rezar con humildad, sino que la misma oración -que nos hace conocer mejor a Dios- nos hace más humiles.

Hoy se habla mucho de conocernos a nosotros mismos, y esto es algo verdaderamente importante. Sin embargo, no es posible llegar a ese conocimiento de sí mismo si no nos acercamos a Dios. El verdadero conocimiento de nosotros mismos, que nos hace profundamente humildes, es el conocimiento que Dios tiene de nosotros.

Seamos pues humildes en la oración y pidamos en ella el don de la humildad.

23 de octubre de 2022.