Al llegar al final del año litúrgico siempre meditamos en la Iglesia sobre el final de los tiempos. Pero también cada domingo, al celebrar la Eucaristía, son dos los momentos de la liturgia en los que la Iglesia hace referencia a ese final de la historia.
Evangelio del Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario 2022 (C)
En aquel tiempo, algunos ponderaban la belleza del templo, por la calidad de la piedra y los exvotos. Jesús les dijo: -Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido.
Lc 21, 5-19
Ellos le preguntaron: -Maestro, ¿cuándo va a ser éso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?
El contestó: -Cuidado con que nadie os engañe. Porque muchos vendrán usando mi nombre diciendo: «Yo soy» o bien «el momento está cerca»; no vayáis tras ellos. Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico. Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá en seguida.
Luego les dijo: -Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países epidemias y hambre. Habrá también espantos y grandes signos en el cielo. Pero antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a los tribunales y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores por causa de mi nombre: así tendréis ocasión de dar testimonio. Haced propósito de no preparar vuestra defensa: porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro. Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa de mi nombre. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá: con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas..
Un primer momento sucede en la profesión de la fe cuando decimos “desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos”. Ese día del Juicio, al final del mundo, Cristo vendrá en la gloria para llevar a cabo el triunfo definitivo del bien sobre el mal que, como el trigo y la cizaña, habrán crecido juntos en el curso de la historia.
El segundo momento acontece justo al finalizar la consagración cuando, por las palabras del sacerdote, Jesucristo se hace realmente presente bajo las especies del pan y del vino, vivo y resucitado: cuerpo, sangre, alma y divinidad. Es ahí, donde a la venida de Cristo en la Eucaristía, todos aclamamos: “Anunciamos tu Reino, proclamamos tu Resurrección; ¡Ven Señor, Jesús!”
Se trata de un reconocimiento de la realeza de Cristo, verdadero hombre, pero también verdadero Dios, que con su entrega ha vencido al pecado y a la muerte. Una realeza que implica un reino que ya es real, pero que como tiene aún que manifestarse en plenitud, la Iglesia, y cada cristiano, dicen con anhelo: “¡Ven Señor, Jesús!”
El final de los tiempos
Quizás podríamos preguntarnos en este domingo si deseamos esa venida de Cristo; si decimos en la Misa “¡ven Señor, Jesús!” con todo nuestro corazón. Porque puede pasarnos como a los judíos del evangelio, que estaban tan absortos por la belleza del Templo, que no tenían una mirada hacia la eternidad. Por eso Jesús les advierte: “Mirad, que llegará un día que no quedará piedra sobre piedra”.
También llegará un día -nadie sabe ni el día ni la hora-, en que Cristo glorioso vendrá al final de los tiempos a juzgar a vivos y muertos. Entonces revelará la disposición secreta de los corazones, y retribuirá a cada hombre según sus obras y según su aceptación o su rechazo de la gracia. Amén.
13 de noviembre de 2022.