Este cuarto domingo de cuaresma, o domingo laetare, nos invita a vivir la alegría de la salvación por la fe puesto que la Pascua está ya cercana.
Evangelio del IV Domingo de Cuaresma 2024
En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: «Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios. Este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios».
Jn 3, 14-21
Seguimos avanzando en este tiempo de conversión y de preparación a la celebración del Santo Triduo Pascual. La palabra de Dios nos llena de alegría al recordarnos en el evangelio que “tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna”. Y san Pablo nos alegra también en la segunda lectura al decirnos que “Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, … nos salvó por pura gracia”.
La alegría de la salvación por la fe
Ahora bien, ¿cuál es la causa de la salvación? Porque San Pablo nos dice que esta “no viene de las obras”. La respuesta nos la da el evangelio cuando san Juan dice que es la fe la que nos salva: “es necesario que el Hijo del hombre sea elevado para que todo el que crea en él tenga vida eterna”.
Esa fe consiste en creer que Jesús es el Hijo de Dios y el único Salvador del mundo, consiste en creer en su poder y en su deseo de salvarnos, consiste en confiar y esperar en él, consiste en acoger su luz en nuestra vida para que él disipe las tinieblas de nuestro corazón.
La fe y las obras
Sin embargo, esto no quiere decir que las obras no sean necesarias. Mal lo entendió Lutero, y esto es lo que cree el protestantismo: que para nuestra salvación no importan las obras o lo que hagamos, sino que lo importante es creer en Jesús. De hecho, san Pablo nos invita hoy a “que nos dediquemos a las buenas obras”, y el apóstol Santiago dice en su carta: “La fe, si no tiene obras, está muerta”1St 2, 17.
Por tanto, para nuestra salvación necesitamos ambas cosas, la fe que cree y espera en Jesús, y las buenas obras con las que le demostramos nuestro amor. Eso sí, lo primacía la tiene la fe sobre las obras.
10 de marzo de 2024.
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- 1St 2, 17