El evangelio de este domingo nos puede ayudar a tomar conciencia de la santidad de la Iglesia para conocerla mejor, amarla mucho y hablar siempre bien de ella.
Evangelio del XI Domingo del T. Ordinario 2024 (B)
En aquel tiempo, Jesús decía al gentío: «El reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo fruto sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega».
Dijo también: «¿Con qué podemos comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después de sembrada crece, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros del cielo pueden anidar a su sombra».
Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender. Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado.
Mc 4, 26-34
La parábola de la semilla
Dice San Jerónimo comentando la primera de las parábolas del evangelio de este domingo que “el reino de Dios es la Iglesia, la cual es regida por Dios, y ella rige a los hombres destruyendo sus vicios”.
Y sigue diciendo que “la semilla es la palabra divina, la tierra el corazón humano, y el sueño del hombre la muerte del salvador”. En efecto, el sueño del hombre hace referencia a la muerte y sepultura de hombre Cristo Jesús porque con su pasión y muerte nos redime del pecado y de la muerte.
La parábola hace también referencia a que el sembrador se levanta cada mañana, lo cual es una alusión a la resurrección de Cristo. Que se acueste y levante cada día no quiere decir que Cristo muera y resucite muchas veces, sino que es necesario que su obra redentora -muerte y resurrección- se nos aplique a cada uno de nosotros cada día, es decir, que cada uno participe de su salvación acogiéndola en la Iglesia que es la que nos santifica, destruyendo nuestros vicios o pecados.
La indicación de San Jerónimo de que la Iglesia es regida por Dios y que, a la vez, rige a los hombres, es una alusión a la santidad de la Iglesia, porque Dios que la rige es Santo, y a su misión santificadora en el mundo, porque rige a los hombres.
La santidad de la Iglesia
Esta santidad de la Iglesia es hoy despreciada en un mundo sin fe que la ve como una institución puramente humana, al estilo de las instituciones de este mundo. Sin embargo, no hemos de olvidar que la Iglesia es además una institución divina, fundada por Cristo, el cual es a la vez su miembro eminente, y al que San Pablo denomina como “la Cabeza del Cuerpo”1Col 1, 18.
En efecto, la Iglesia no está formada únicamente por los pecadores que viandamos por este mundo, sino que su parte más excelsa la forman, Cristo, la Santísima Virgen y la multitud de los santos.
Los pecadores con nuestros pecados afeamos su imagen -lo que se ve a los ojos humanos- pero no estropeamos un ápice su santidad. De aquí que en un sentido amplio podamos hablar de la Iglesia como pecadora, en cuanto que nos llama y acoge como pecadores para santificarnos.
Entendida así, la Iglesia es Madre buena que está siempre dispuesta a buscar y acoger a sus hijos pecadores que se alejan de Ella y, por tanto de la santidad, para purificarlos y santificarlos en Cristo, aunque ello conlleve que su imagen -externa- se ensucie al abrazarnos.
Sin embargo, en un sentido estricto, la Iglesia es Santa: santa por la santidad de su fundador y miembro eminente, santa porque él mismo la ha santificado, santa porque ella tiene en plenitud los medios para nuestra santificación que son fundamentalmente los sacramentos, y santa porque su fin es la santificación de los hombres.
El amor a nuestra Madre la Iglesia Santa
Por otro lado, observamos hoy en día, que dentro del pernicioso revisionismo histórico que sufrimos, continuamente se nos está predicando de la Iglesia como si hubiese que ”cambiarla porque se han hecho mal las cosas”, lo cual no deja ser un desprecio propio de los que -sin fe- no saben descubrir su santidad y belleza.
No. Digamos hoy una y mil veces que la Iglesia nuestra Madre es Santa e infinitamente bella. El único revisionismo que hemos de hacer es el de nuestra vida de pecadores. Todo lo demás, se nos dará por añadidura.
Cuando en una ocasión a la M. Teresa de Calcuta le preguntó un periodista “Madre, si pudiera cambiar algo de la Iglesia, ¿qué cambiaría?”, ella respondió: “Me cambiaría a mí misma”.
No seamos necios -locos- pues, como sigue diciendo San Jerónimo comentando este evangelio, “la hoz que todo lo siega es la muerte o juicio, y el fin de nuestra vida”, que a todos nos llegará.
Por eso, digamos hoy y siempre todos: “Madre Iglesia Santa. Gracias. Te quiero”.
16 de junio de 2024.
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- 1Col 1, 18