Mendigos de Dios

Mendigos de Dios

El evangelio de este domingo nos invita a ser mendigos de Dios que en todo momento piden, sobre todo, los dones espirituales que nos posibilitan la salvación.

Evangelio del XXX Domingo del T. Ordinario 2024 (B)

En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó con sus discípulos y bastante gente, un mendigo ciego, Bartimeo (el hijo de Timeo), estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: «Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí».

Muchos lo increpaban para que se callara. Pero él gritaba más: «Hijo de David, ten compasión de mí».

Jesús se detuvo y dijo: «Llamadlo».

Llamaron al ciego, diciéndole: «Ánimo, levántate, que te llama». Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús.

Jesús le dijo: «¿Qué quieres que te haga?».

El ciego le contestó: «»Rabbuní», que recobre la vista».

Jesús le dijo: «Anda, tu fe te ha salvado». Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.

Mc 10, 46-52

Algunos aspectos del evangelio

San Marcos define a Bartimeo como mendigo ciego. En efecto, en aquel tiempo, la ceguera era causa de mendicidad ya que no ver significaba no poder acceder al trabajo que proporcionaba los bienes necesarios para poder vivir. Eso hacía que los ciegos necesitasen pedir por las calles para poder subsistir.

También nos dice que Bartimeo se encontraba al borde del camino. Es evidente que el ciego no puede caminar como los demás. Por eso, se encuentra al borde del camino y ahí ha de permanecer para no molestar y para esperar que los que pasan puedan ayudarle con las limosnas que puedan proporcionarle.

Por otro lado, Bartimeo nombró a Jesús con dos títulos que merecen también nuestra atención. En primer lugar, llamándole Hijo de David muestra que considera a Jesús como Mesías de Dios. En segundo lugar, al referirse a Él como Maestro, reconoce su sabiduría y expresa su deseo de ser su discípulo. Estas dos consideraciones de Jesús, junto con el hecho de creer a ciegas que puede curarlo, dejan entrever una consideración, por parte de Bartimeo, de su divinidad. Sin duda que estos son rasgos que indican una profunda fe en Jesús.

Otro elemento a destacar en el evangelio es que cuando insistió tratando de llamar la atención de Jesús que pasaba por el camino, muchos le increparon para que se callase. Descubrimos aquí un desprecio hacia el necesitado y mendigo Bartimeo, que en estos momentos, y ante la presencia de Jesús de Nazaret que había adquirido mucha fama, es considerado como alguien que molesta. Por eso, tratándole como a loco, se le urgían a callarse.

Bartimeo, sin embargo, insistió gritando aún más fuerte para que Jesús le oyese y así pudiese así ser escuchado y atendido por Él.

Un último aspecto del evangelio –“recobró la vista y lo seguía por el camino– nos muestra como después de la curación, habiendo recobrado la vista, Bartimeo ya pudo ponerse a caminar como los demás, y es entonces cuando pudo comenzar a seguir a Cristo.

La grandeza de la curación de Dios

Cuando Jesús muestra su admiración por la fe de este hombre, le hace notar a él y a los demás que es su fe la que le ha salvado, tanto corporal como espiritualmente. Corporalmente porque ha recuperado la visión y podrá llevar una vida como los demás. Espiritualmente porque esa fe en Jesús -como Jesucristo- le ha permitido que pueda convertirse en su discípulo.

Por tanto, la grandeza de la curación de Dios no consistió tanto en curar su vista, sino en haberle dado unos ojos del corazón capaces de ver en Jesús al Hijo de David, el Mesías que tenía que venir al mundo. Eso es la fe, la mirada de Dios en nosotros que nos posibilita poder ver toda la realidad de nuestra vida como Dios la ve.

Mendigos de Dios

Por eso, el evangelio de este domingo se convierte en una luz para nosotros que nos ilumina indicándonos que nuestra oración de petición ha de ser, siempre y sobre todo, de las cosas supremas.

Claro que hemos de pedir a Dios todas aquellas necesidades corporales y terrenas que necesitamos en el camino de esta vida que Él nos ha dado.

Pero, sobre todo, hemos de ser mendigos de Dios que en todo momento piden los dones supremos de la fe, la esperanza y la caridad. Así lo hemos hecho al comenzar la Eucaristía en la oración colecta.

Esa oración ha de ser insistente y perseverante como lo fue en el ciego Bartimeo, que no temió gritar y gritar con fuerza para llamar la atención de Dios.

27 de octubre de 2024.

Author: P. César Gallardo de Gracia

Sacerdote Católico de la Archidiócesis de Toledo (España)