El Señor nos muestra este domingo que el camino de la santidad es pascual, es decir, que pasa por participar de su pasión, muerte y resurrección.
Evangelio del XXIX Domingo del T. Ordinario 2024 (B)
En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron:
«Maestro, queremos que nos hagas lo que te vamos a pedir».Les preguntó: «¿Qué queréis que haga por vosotros?».
Contestaron: «Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda».
Jesús replicó: «No sabéis lo que pedís, ¿podéis beber el cáliz que yo he de beber, o bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?».
Contestaron: «Podemos».
Jesús les dijo: «El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y seréis bautizados con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, sino que es para quienes está reservado». Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan.
Jesús, llamándolos, les dijo: «Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos».
Mc 10, 35-45
La pregunta acerca de la santidad
La pregunta a la que el Señor respondió al joven rico el pasado domingo, sobre lo que hemos de hacer para heredar la vida eterna, es la pregunta por la perfección cristiana.
Veíamos como esta perfección se identifica con la santidad y como no consiste en hacerlo todo sin equivocarnos. Tampoco consiste en el mero cumplimiento de los mandamientos, sino que ha de incluir siempre el cumplimiento de todo aquello que Dios nos muestra como bueno para nosotros. Es lo que comúnmente decimos, hacer la voluntad de Dios.
Hacer su voluntad coincide siempre con buscar su agrado, porque a Él le agrada lo que verdaderamente nos hace bien y, por tanto, lo que nos lleva a la plena felicidad.
Veíamos también como esa santidad que Dios quiere para nosotros es imposible obtenerla por nosotros mismos, pero sí es posible que Él pueda dárnosla por su poder.
Los apóstoles no comprenden del todo al Maestro
En el mismo lugar en el que se ha producido el encuentro con el joven rico que ha terminado por marcharse triste -a continuación de los versículos del evangelio del pasado domingo-, Pedro tomó la palabra y le dijo al Señor, en contraposición al joven rico: “Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido”1. Esta salida de Pedro, que puede esconder algunos tintes de una cierta soberbia, parece indicar que los apóstoles seguían aún sin comprender del todo al Señor.
Jesús muestra su pedagogía y paciencia con ellos reconociéndoles su seguimiento con el premio de recibir el doble en esta vida y después la vida eterna, para a continuación conducir su autosuficiencia indicándoles que para ser primeros hay que ser últimos.
Es entonces cuando retomaron el camino de subida a Jerusalén, donde Jesús se hizo último entregando su vida por nosotros y posibilitando así la salvación que nos puede otorgar la santidad. Y es en ese camino donde Él les anunció su pasión y muerte como puerta necesaria para la resurrección.
Ahora ya, a continuación -en los versículos del evangelio de este domingo-, vemos de nuevo a los apóstoles que, pensando solo en sus intereses se atreven a pedir al Maestro los primeros puestos del Reino, situándose así al margen de los sentimientos de Cristo que les acaba de anunciar su destino fatal en este mundo, y demostrando así de nuevo que siguen sin comprender al Maestro.
No le comprenden ni terminan de sintonizar con Él porque, en primer lugar, es un desacato a la majestad divina de Cristo que habiéndoles anunciado su pasión ellos estén buscando ser importantes y, en segundo lugar, porque creen con presunción que querer es poder y que ellos mismos pueden seguir al Maestro hasta el final con sus solas fuerzas y sin contar con Él.
Jesús nuevamente responde con pedagogía, primero acogiendo positivamente su espíritu combativo por la causa del Reino –«El cáliz que yo voy a beber lo beberéis”– y, segundo, reconduciéndolo por el camino de la santidad –“Pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, sino que es para quienes está reservado”-.
El camino de la santidad es pascual
¿Qué podemos aprender nosotros de todo esto?
En primer lugar, hemos de ser conscientes que no siempre comprendemos lo que el Señor quiere indicarnos para nuestra vida. Por eso, es importante que en nuestra oración le pidamos mucho al Señor un corazón con oído atento a sus enseñanzas y espíritu dócil a su voluntad.
Segundo, podemos pedir también al Señor su pedagogía en nuestro trato con los demás, que sepamos reconocer lo bueno que encontramos en los demás y en sus acciones, siendo valientes también para -a continuación- ayudarles a reconducir hacia el bien todo ello.
Por último, la gran enseñanza del Señor este domingo es que para ser santos se requiere por un lado la humildad de hacerse últimos -pequeños- y, por otro, pasar -pascua- por beber también en nuestra vida el cáliz del Señor.
20 de octubre de 2024.
- Mc 10, 28 ↩︎