Feliz solemnidad de Pentecostés

Feliz solemnidad de Pentecostés

Como el domingo de la resurrección del Señor nos felicitábamos todos diciendo “Cristo ha resucitado. ¡Feliz Pascua de Resurrección!”, ahora en esta solemnidad de Pentecostés, al concluir el tiempo de Pascua, nos felicitamos diciéndonos unos a otros: “Cristo Resucitado nos ha dado el Espíritu Santo. ¡Feliz solemnidad de Pentecostés!”.

Evangelio del Domingo de Pentecostés 2024 (B)

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros».

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».

Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Jn 20, 19-23

Feliz solemnidad de Pentecostés

Recibimos el E. Santo el día de nuestro bautismo y, de modo pleno, el día de nuestra confirmación. Sin embargo, el E. Santo no es una cosa que se tiene sino una persona divina con quien debemos tener una relación viva en Jesucristo su dador. Por eso, necesitamos hoy renovarnos en esa efusión de la tercera persona de la Trinidad que recibimos aquel día, de manera que por su inhabitación en nuestra alma, vayamos creciendo cada vez más en la unión con Él.

Necesitamos el E. Santo para que Cristo no sea algo del pasado, ni Dios infinito y todopoderoso una realidad que se encuentra lejos de nosotros. Lo necesitamos para que Él pueda ser, como decía S. Agustín, más íntimo a nosotros que nuestra propia intimidad.

Lo necesitamos para que el evangelio no sea letra muerta –“En aquel tiempo dijo Jesús…”– sino para que sintamos que Cristo me habla a mí y ahora, iluminando con su luz este momento concreto de mi vida.

Lo necesitamos para que no veamos a la Iglesia como una mera organización o una institución de poder, sino que con la mirada de la fe podamos descubrir que el E. Santo la engendró como madre, como comunidad de vida trinitaria.

Necesitamos al E. Santo para que veamos la dimensión jerárquica de la Iglesia, y la autoridad en ella, no como dominación, sino como servicio de amor al prójimo.

Lo necesitamos para que la misión y la predicación de la Iglesia no sean como una obra de propaganda sino un nuevo Pentecostés que lleve a todos los hombres al conocimiento de Cristo para poder seguirlo, y para que la predicación transforme nuestro corazón y nos lleve a una verdadera conversión de vida.

Sin el E. Santo la liturgia es una mera evocación o recuerdo, un ritualismo. Con Él, el culto es un memorial del misterio pascual de Cristo que se nos hace presente, nos redime, nos santifica y nos anticipa la vida celeste.

Por último, necesitamos el E. Santo para que la moral cristiana no sea como un comportamiento de esclavos que viven según unas normas que hay que obedecer, sino un comportamiento humano que mediante el cumplimiento de los mandamientos nos deifique, nos haga vivir la vida divina de Cristo en nosotros, y podamos “vivir según el espíritu y no según la carne”1cf. Rm 8, 5-13.

Solo el E. Santo puede cambiar nuestras vidas para que vivamos con sentido interior y fecundidad plena. Por eso, hoy oramos diciendo: “Ven Espíritu Santo”.

19 de mayo de 2024.

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  • 1
    cf. Rm 8, 5-13