En este séptimo domingo del tiempo de Pascua celebramos en la Iglesia el misterio de la Ascensión del Señor a los cielos.
Evangelio del Domingo de la Ascensión del Señor 2024 (B)
En aquel tiempo, se apareció Jesús a los once y les dijo: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, tomarán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos».
Después de hablarles, el Señor Jesús fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos se fueron a predicar por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban.
Mc 16, 15-20
La Ascensión del Señor a los cielos
Las expresiones que se utilizan para expresar este misterio son múltiples: “llevado”, “elevado” y “subió”. Ninguna de ellas hace referencia a un cambio de localización, pues el cielo no es un lugar, como tampoco la Santísima Trinidad puede ser localizada en un lugar concreto, ya que “Dios es espíritu y quienes lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad”1Jn 4, 23.
Para comprender mejor este misterio hemos de acercarnos a la segunda lectura, donde san Pablo nos indica que “decir subió supone que había bajado a lo profundo de la tierra, pues el que bajó es el mismo que subió por encima de los cielos para llenar el universo”.
Por un lado, la expresión bajó hace alusión al misterio de la Encarnación, por el cual el Padre nos dio a su Verbo, que vino a nosotros asumiendo nuestra naturaleza humana. Por otro lado, la expresión subió hace referencia al misterio por el cual Cristo fue exaltado y glorificado por el Padre después de haber resucitado.
Estas expresiones tienen, por tanto, un sentido teológico que a la luz de las Sagradas Escrituras nos hablan del estado de la segunda persona de la Trinidad. Por la Encarnación y sin dejar la Trinidad, Cristo se hizo cercano a nosotros. Y por la Ascensión y sin abandonarnos a nosotros, fue glorificado junto al Padre llevándonos consigo a la vida celeste, es decir, haciéndonos partícipes de la vida eterna, la vida nueva de los hijos de Dios.
El cielo
Así pues, el cielo no es un lugar, sino Cristo mismo, como dice san Pablo: “estar con el Señor para siempre”2I Tes 4, 17. Por eso, la Ascensión del Señor a los cielos fundamenta el surgir de nuevas formas de presencia de Dios entre nosotros: en los pobres de espíritu, en nuestro prójimo, donde dos o tres están reunidos en su nombre, en la Palabra de Dios, en las celebraciones litúrgicas y, de forma real y sustancial, en la Eucaristía.
De este modo, con la Ascensión y el posterior envío del Espíritu Santo, Dios hace posible que se cumplan las palabras del Señor que hoy cantamos en el aleluya: “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”.
El mandato misionero
Desde aquí puede entenderse que la misión de la Iglesia, además de prepararnos para la segunda venida de Cristo, consiste sobre en proclamar al mundo la presencia gloriosa de Cristo en todos nuestros avatares, incluso en medio de las contradicciones que podamos encontrarnos en la vida.
Esta es la Buena Noticia -Evangelio- que Cristo pidió a sus discípulos que anunciaran a toda la creación, momentos antes de ser llevado a los cielos.
12 de mayo de 2024.
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- 1Jn 4, 23
- 2I Tes 4, 17