El ser humano es la única criatura que tiene la capacidad de conocer y amar la verdad, lo cual le puede llevar -si libremente quiere- a vivir en esa verdad. Paradójicamente, el resto de las criaturas no tienen esa capacidad y, sin embargo, precisamente por eso, viven en la verdad de lo que son, eso sí, de forma necesaria, es decir, no libremente.
Evangelio del X Domingo del T. Ordinario 2024 (B)
En aquel tiempo, Jesús llegó a casa con sus discípulos y de nuevo se juntó tanta gente que no los dejaban ni comer.
Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque se decía que estaba fuera de sí. Y los escribas que habían bajado de Jerusalén decían: «Tiene dentro a Belzebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios».
Él los invitó a acercarse y les hablaba en parábolas: «¿Cómo va a echar Satanás a Satanás? Un reino dividido internamente no puede subsistir; una familia dividida no puede subsistir. Si Satanás se rebela contra sí mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido. Nadie puede meterse en casa de un hombre forzudo para arramblar con su ajuar, si primero no lo ata; entonces podrá arramblar con la casa. En verdad os digo, todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre». Se refería a los que decían que tenía dentro un espíritu inmundo.
Llegan su madre y sus hermanos y, desde fuera, lo mandaron llamar. La gente que tenía sentada alrededor le dice: «Mira, tu madre y tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan».
Él les pregunta: «¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?». Y mirando a los que estaban sentados alrededor, dice: «Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre».
Mc 3, 20-35
Conocer y amar la verdad
En la primera lectura del evangelio de este decimo domingo del tiempo ordinario, nos narra el libro del Génesis la transgresión del hombre al comer del «árbol del bien y del mal» del que Dios les había prohibido comer, pues ellos no creyeron la verdad que el Señor les había revelado -dado a conocer-, «que morirían cuando comieran de él».
En la oración colecta, reconociendo a Dios como «fuente de todo bien» -pues todo lo que proviene de Él es bueno y verdadero-, le hemos pedido que nos dé a conocer lo que es justo y nos dé su fuerza para que podamos «cumplirlo según su voluntad».
Ahora bien, conocer lo que es bueno y justo, requiere una apertura de nuestro corazón a la verdad, tanto natural como sobrenatural. A esta última se refiere el Señor en el evangelio de hoy cuando dice que «el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás».
Este pecado no es que sea un pecado tan grande que Dios no pueda llegar a perdonar por su gravedad, sino que es un pecado imposible de perdonar porque uno se cierra a la verdad y al perdón de Dios. En efecto, los escribas habían visto los milagros que hacía el Señor y, sin embargo, por más que hacía el Señor no querían aceptar que él era el Mesías. ¿Qué más podía hacer el Señor? El Señor hizo todo lo que pudo para que le creyeran, incluso morir por ellos. Se trataba más bien de una cerrazón del corazón a lo que tenían delante de sus ojos, en definitiva, a la verdad.
Pidámosle al Señor que deseemos conocer y amar la verdad.
9 de junio de 2024.