Este domingo celebramos la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, conocida también como del Corpus Christi.
Evangelio del Domingo de la Stma. Trinidad 2024 (B)
El primer día de los Ácimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron a Jesús sus discípulos: «¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?».
Él envió a dos discípulos diciéndoles: «Id a la ciudad, os saldrá al paso un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidlo, y en la casa adonde entre, decidle al dueño: “El Maestro pregunta: ¿Cuál es la habitación donde voy a comer la Pascua con mis discípulos?”. Os enseñará una habitación grande en el piso de arriba, acondicionada y dispuesta. Preparádnosla allí».
Los discípulos se marcharon, llegaron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la Pascua.
Mientras comían, Jesús tomó pan y, pronunciando la bendición, lo partió y se lo dio diciendo: «Tomad, esto es mi cuerpo».
Después tomó el cáliz, pronunció la acción de gracias, se lo dio y todos bebieron.
Mc 14, 12-16.22-26
Y les dijo: «Esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos. En verdad os digo que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el reino de Dios».
Después de cantar el himno, salieron para el monte de los Olivos.
El Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo
Todo lo que hemos celebrado durante el Triduo Santo y el tiempo de Pascua lo encontramos concentrado en este misterio del Corpus Christi, porque como reza el sacerdote en la oración colecta de esta Misa, «Cristo nos dejó en este sacramento el memorial de su pasión», muerte y resurrección, a lo que en conjunto le llamamos la Pascua del Señor.
Litúrgicamente hablando, la palabra memorial tiene un significado más profundo que la palabra recuerdo. En efecto, celebrar la Eucaristía no consiste simplemente en recordar lo que sucedió en la Última Cena, sino que es volver a hacer presente ese misterio pascual que nos salva en el aquí y ahora de nuestra existencia actual.
Si durante la Última Cena Cristo hizo presente para los apóstoles -trayendo del futuro inmediato ese viernes, sábado y domingo en el que aconteció su misterio pascual-, ahora, en cada Misa, Él nos vuelve a hacer presente, trayéndolo del pasado, ese mismo misterio pascual.
Por eso, en cada celebración eucarística, al cumplir los sacerdotes en la Iglesia su mandato –«Haced esto en memoria mía», se vuelve a hacer presente en el mundo su misterio salvífico, haciéndosenos verdaderamente presente aquello que sucedió ya hace dos mil años.
De este modo, los que no estuvimos junto al Señor en el Calvario, por la Misa, podemos «experimentar en nosotros el fruto de su redención».
Que se entrega por muchos
Queda preguntarnos ahora a quién se aplica la actualización de este misterio. El Señor en las palabras de la consagración eucarística dice de su sangre que «es derramada por muchos» y no dice, sin embargo, «por todos». Esto último se dijo durante años en cada Misa que celebraba el sacerdote por una traducción no acertada, pues las palabras latinas siempre han sido «pro multis», es decir, por muchos.
Pero ¿no ha venido Cristo a este mundo como salvador de todos los hombres? En efecto, Cristo es el único Salvador del mundo y ha dado su vida por todos los hombres. Sin embargo, que Cristo haya entregado su vida por todos no significa que de hecho todos podamos ser salvados. Para ello es necesario que cada uno libremente acoja esa salvación en su vida.
Por eso, es muy necesario que tomemos muy en serio nuestra vida cristiana y también la de los demás. Para lo primero, es necesario que tengamos a Cristo en el centro de nuestra vida. Para lo segundo, que tratemos de llevar a los demás a Cristo.
Pidámosle a Cristo la gracia de poder experimentar todos el fruto de la Redención que nos da la participación eucarística.
2 de junio de 2024.