La fe y la oración se complementan

La fe y la oración se complementan

El milagro de la resurrección de la hija de Jairo y el de la curación de la hemorroísa nos muestran como la fe y la oración se complementan.

Evangelio del XIII Domingo del T. Ordinario 2024 (B)

En aquel tiempo, Jesús atravesó de nuevo en barca a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor y se quedó junto al mar. Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y, al verlo, se echó a sus pies, rogándole con insistencia: «Mi niña está en las últimas; ven, impón las manos sobre ella, para que se cure y viva». Se fue con él y lo seguía mucha gente que lo apretujaba.

Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Había sufrido mucho a manos de los médicos y se había gastado en eso toda su fortuna; pero, en vez de mejorar, se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando: «Con solo tocarle el manto curaré».

Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias y notó que su cuerpo estaba curado. Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió enseguida, en medio de la gente y preguntaba: 
«¿Quién me ha tocado el manto?».

Los discípulos le contestaban: «Ves cómo te apretuja la gente y preguntas: «¿Quién me ha tocado?»».

Él seguía mirando alrededor, para ver a la que había hecho esto. La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que le había ocurrido, se le echó a los pies y le confesó toda la verdad. Él le dice: «Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu enfermedad».

Todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle: «Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?».

Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: «No temas; basta que tengas fe». No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegan a casa del jefe de la sinagoga y encuentra el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos y después de entrar les dijo: «¿Qué estrépito y qué lloros son estos? La niña no está muerta; está dormida».

Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos y, con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes, entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo: «Talitha qumi» (que significa: «Contigo hablo, niña, levántate»).

La niña se levantó inmediatamente y echó a andar; tenía doce años. Y quedaron fuera de sí llenos de estupor. Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña.

Mc 5, 21-43

El evangelio de este XIII domingo del tiempo ordinario llama la atención porque nos muestra un milagro del Señor insertado dentro de otro, más amplio en el tiempo, que lo abraza. De hecho, la petición del jefe de la sinagoga es por la curación de su hija y, quizás por el tiempo que Jesús dedica en el camino a la curación de la hemorroísa, cuando llega a la casa de Jairo, tendrá que ser ya no una curación sino una resurrección, porque la hija de Jairo ya había fallecido.

El jefe de la sinagoga ora a Jesús suplicándole la curación de su hija. La hemorroísa toca con fe el manto de Jesús obteniendo de Él su curación. Cuando Jesús llega, por fin, a la casa Jairo encuentra ya muerta a la niña y le pide al padre que tenga fe para que pueda resucitarla.

La fe y la oración se complementan

El evangelio en su conjunto nos muestra la relación entre la fe y la oración. Ambos son elementos fundamentales en la vida del cristiano que ni se oponen ni deben darse por separado, sino que son complementarios.

La fe es lo primero que se recibe. Es un don -una gracia- que Dios pone en nuestra alma y que nos lleva a creer y a esperar en Jesucristo. Tanto Jairo como la hemorroísa acuden a Jesús porque creen y esperan en Él.

En el caso de Jairo, esa fe en Jesucristo se convierte en oración suplicante por la curación de su hija. Pero seguro que, aunque no se relata, esa fe se convirtió también en ambos en oración de acción de gracias al Señor, una vez que la hemorroísa fue curada y que Jairo obtuvo la resurrección de su hija.

Por otro lado, en el contexto de la oración de súplica de Jairo, Jesús le moverá a este padre a creer mucho más, pues Él no solo puede curarla sino incluso resucitarla: «No temas. Basta que tengas fe». San Marcos parece querer indicarnos que la oración conduce al aumento de nuestra fe.

Recordamos aquí el pasaje en el que san Marcos nos narra la curación del niño endemoniado por el que su padre pidió a Jesús: «Creo, pero aumenta mi fe» (Mc 9, 24). Ese padre cree pero ora a Jesús pidiéndole el crecimiento de su fe.

Así pues, la fe y la oración se complementan. La fe nos lleva a orar -pedir y dar gracias- y la oración aumenta nuestra fe.

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30 de junio de 2024.

Author: P. César Gallardo de Gracia

Sacerdote Católico de la Archidiócesis de Toledo (España)