IV Domingo del Tiempo de Cuaresma (C)

Alégrate, Jerusalén

En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los publica-nos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: «Ése acoge a los pecadores y come con ellos.» 

Jesús les dijo esta parábola: «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: «Padre, dame la parte que me toca de la fortuna.» El padre les repartió los bienes.

No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de saciarse de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer.

Recapacitando entonces, se dijo: «Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros.»

Se puso en camino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo. Su hijo le dijo: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo.» Pero el padre dijo a sus criados: «Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.»

Y empezaron el banquete. Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba. Éste le contestó: «Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud.»

Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Y él replicó a su padre: «Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado.» El padre le dijo: «Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.»».

(Lc 15, 1-3.11-32)

Este IV Domingo de Cuaresma se conoce también domingo Laetare (Alégrate) o de la alegría porque su antífona de entrada comienza diciendo “Alégrate Jerusalén1Is 66,10-11.

Se trata de una invitación a alegrarnos porque tenemos salvador, tenemos quien pague la culpa de nuestros pecados: Jesucristo nuestro Redentor. Él está subiendo a Jerusalén para entregar su vida por nosotros. Estamos caminando con Él hacia el calvario. Estamos ya a medio camino, ya queda poco.

Y en medio del camino, hacemos una parada. El color morado penitencial se está empezando a aclarar (rosa) sin llegar todavía al blanco pascual de la resurrección. También nuestras almas tienen que estar aclarándose en la sangre del “Cordero que quita el pecado del mundo”.

En la parábola de hijo pródigo, que hoy se proclama en el evangelio, aparecen dos hermanos: el hijo menor que abandona la casa del padre despreciando su amor, y el hijo mayor que vive con el padre, pero sin amor ni al padre ni a su hermano. Nosotros somos cada uno de esos dos hermanos. Unas veces nos alejamos de Dios y otras veces creemos vivir cerca de Él, pero en realidad nuestro corazón está lejos de su amor.

Jesucristo no está representado por ninguno de los dos hermanos. Él podría ser un tercer hermano, que no aparece en la parábola, pero que, viendo el dolor del corazón del Padre, sale en búsqueda del hijo perdido que somos cada uno de nosotros, dispuesto a dar su vida por nosotros sus hermanos, para traernos de nuevo a la casa del Padre.

Por eso tenemos motivos para alegrarnos. Alégrese toda la Iglesia Universal, la Semana Santa está cerca.

27 de marzo de 2022.

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  • 1
    Is 66,10-11