El pasado domingo contraponía el Señor a los hijos de la luz frente a los hijos del mundo. Estos últimos, decía el Señor, “son más astutos con su propia gente que los hijos de la luz”1Lc 16, 8. Dios premia y castiga a unos y a otros respectivamente.
Evangelio del Domingo XXVI del Tiempo Ordinario 2022 (C)
En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: «Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que caía de la mesa del rico. Y hasta los perros venían y le lamían las llagas.
Sucedió que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán. Murió también el rico y fue enterrado. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritando, dijo: “Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas”.
Pero Abrahán le dijo: “Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso ahora él es aquí consolado, mientras que tú eres atormentado. Y, además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que los que quieran cruzar desde aquí hacia vosotros no puedan hacerlo, ni tampoco pasar de ahí hasta nosotros”.
Él dijo: “Te ruego, entonces, padre, que le mandes a casa de mi padre, pues tengo cinco hermanos: que les dé testimonio de estas cosas, no sea que también ellos vengan a este lugar de tormento”.
Abrahán le dice: “Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen”.
Pero él le dijo: “No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a ellos, se arrepentirán”.
Abrahán le dijo: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto”».
Lc 16, 19-31
En la primera lectura de este XXVI Domingo del Tiempo Ordinario la Iglesia nos da algunas de las características de los hijos del mundo. Son aquellos, dice el profeta Amós, que se sienten seguros y confiados en sus proyectos y riquezas.
Por el contrario, en la segunda lectura de San Pablo a Timoteo se nos dan los rasgos de los hijos de la luz, que son aquellos que buscan “la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia y la mansedumbre”; aquellos que “conquistan la vida eterna” mediante el cumplimiento de los mandamientos.En el evangelio Jesús nos muestra al rico epulón como un ejemplo de hijo del mundo, que vive seguro de sí mismo en sus riquezas, al margen de Dios y de su prójimo el pobre Lázaro.
Dios premia y castiga
Y es en esta parábola donde encontramos la enseñanza clave del Señor en este domingo, acerca de la justicia con la que Dios premia y castiga nuestras buenas o malas acciones en este mundo.
Es evidente, que el premio-castigo del que nos habla el Señor no puede entenderse al modo como lo entendemos los hombres, según premiamos o castigamos en este mundo. Eso no impide que podamos hablar respecto de Dios, de verdadero premio para los buenos, y de verdadero castigo para los malos. Así lo atestigua la Revelación de Dios, que es especialmente clara y concisa en muchas enseñanzas de Jesús.
Cielo e infierno
El cielo y el infierno son realidades verdaderas de nuestra fe, que han de entenderse a la luz de la Revelación. No son lugares a los que uno es destinado tras la muerte según la conducta de vida que haya llevado en este mundo, sino que más bien son estados de vida en los que uno queda para siempre.
Estos estados de vida guardan relación con el grado de amistad que se ha vivido con Dios en este mundo. Son una continuación de la vida en este mundo. El cielo consistirá, dice San Pablo, en que “estaremos con el Señor para siempre”21 Tes 4, 17. Y de ahí se deduce que el infierno consistirá en estar sin el Señor para siempre.Los hijos de la luz caminan en amistad con el Señor hacia el encuentro definitivo y permanente con Él para siempre. Los hijos del mundo caminan en enemistad con el Señor hacia una perdición que será para siempre y sin retorno, porque como dice Moisés en la parábola: “entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso”.
25 de septiembre de 2022.
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- 1Lc 16, 8
- 21 Tes 4, 17