En este domingo el evangelio nos muestra a Jesús enseñándonos que Dios es un Padre santo que cuida de nosotros, y al que tenemos que orar con perseverancia.
Evangelio del Domingo XXIX del Tiempo Ordinario 2022 (C)
En aquel tiempo, Jesús decía a sus discípulos una parábola para enseñarles que es necesario orar siempre, sin desfallecer.
«Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En aquella ciudad había una viuda que solía ir a decirle: “Hazme justicia frente a mi adversario”. Por algún tiempo se estuvo negando, pero después se dijo a sí mismo: “Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está molestando, le voy a hacer justicia, no sea que siga viniendo a cada momento a importunarme”».
Y el Señor añadió: «Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante él día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?».
Lc 18, 1-8
Un leproso regresó con fe
El pasado domingo contemplamos en el evangelio a unos leprosos que se acercaron al Señor para rogarle la curación de su enfermedad. Seguramente que su fe era muy imperfecta, pues habrían oído hablar de Jesús como de alguien que realizaba milagros, y seguramente pensasen que eso les podría ser de provecho.
Sin embargo, al descubrirse curado, uno de ellos regresó para agradecerle el don recibido. Su confianza en que Jesús podía curarle se había convertido en verdadera fe que le hizo volver alabando a Dios y postrarse ante aquel al que ya veía, sino como a Dios, por lo menos como a alguien venido de Dios.Hoy Jesús nos pregunta cómo es nuestra confianza en él, si es verdadera fe: “Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?”. Jesús resucitado está presente en nuestras vidas y viene a nosotros a cada momento y circunstancia de nuestras vidas. ¿Nos encuentra a nosotros con esa verdadera fe?
Un Padre santo que cuida de nosotros
En concreto, hoy Jesús nos pregunta si nuestra fe cree que tenemos un Padre santo que cuida de nosotros y que atiende nuestras peticiones y necesidades. Para ello, mediante la parábola del juez injusto, que no teme ni a Dios ni a los hombres, nos muestra que si éste es capaz de atender los ruegos de una viuda que le insiste hasta ser incluso molesta, cuánto más nuestro Padre Dios atenderá a sus hijos en sus ruegos.
No debemos olvidar que, en la tradición judeocristiana, justicia es sinónimo de santidad, de bondad y de felicidad. Es en la modernidad, en la que al vivir el individuo y la sociedad al margen de Dios, y al establecer la humanidad sus propias leyes al margen de la Ley divina o natural, dichos términos han adquirido una significación diferente hasta establecerse una oposición entre ellos.
Olvidar la santidad y bondad de Dios, incluso su existencia como realidad suprema, nos ha hecho olvidar que tenemos un Padre bueno y amoroso que nos cuida y está atento a nuestras peticiones y necesidades. Solo desde aquí puede entenderse lo que es la oración cristiana, como un encuentro y diálogo amorosos de la criatura con su Padre Dios.
Confianza ilimitada este padre justo
Esta fe en el cuidado amoroso que Dios tiene hacia nosotros nos debe hacer confiar ilimitadamente en Él como Padre bueno que es y, por eso, el Catecismo de la Iglesia Católica nos advierte del error que puede darse en acudir a la adivinación y la magia, formas de superstición, como pueden ser por ejemplo la consulta de horóscopos, la astrología, la quiromancia, la interpretación de presagios y de suertes, los fenómenos de visión, el recurso a “mediums”, etc.
Todas las formas de adivinación deben rechazarse: el recurso a Satán o a los demonios, la evocación de los muertos, y otras prácticas que equivocadamente se supone “desvelan” el porvenir (cf Dt 18, 10; Jr 29, 8). La consulta de horóscopos, la astrología, la quiromancia, la interpretación de presagios y de suertes, los fenómenos de visión, el recurso a “mediums” encierran una voluntad de poder sobre el tiempo, la historia y, finalmente, los hombres, a la vez que un deseo de granjearse la protección de poderes ocultos. Están en contradicción con el honor y el respeto, mezclados de temor amoroso, que debemos solamente a Dios.
Todas las prácticas de magia o de hechicería mediante las que se pretende domesticar potencias ocultas para ponerlas a su servicio y obtener un poder sobrenatural sobre el prójimo —aunque sea para procurar la salud—, son gravemente contrarias a la virtud de la religión. Estas prácticas son más condenables aún cuando van acompañadas de una intención de dañar a otro, recurran o no a la intervención de los demonios. Llevar amuletos es también reprensible. El espiritismo implica con frecuencia prácticas adivinatorias o mágicas. Por eso la Iglesia advierte a los fieles que se guarden de él. El recurso a las medicinas llamadas tradicionales no legítima ni la invocación de las potencias malignas, ni la explotación de la credulidad del prójimo.
Catecismo de la Iglesia Católica, nºs 2116-2117
Jesús, Hijo de Dios, nos ha enseñado a dirigirnos con fe a nuestro Padre Dios, con la confianza de hijos, como él lo hace: “Padre nuestro que estás en el cielo…”. El pasado se lo encomendamos a su misericordia, y el futuro a su providencia amorosa.
¿Nos encuentra el Señor cada día con esta fe?
16 de octubre de 2022.