Celebramos hoy el II domingo de Pascua, último día de la octava de la resurrección del Señor. También celebramos la fiesta de la Divina Misericordia, instituida por San Juan Pablo II con motivo de la canonización de Santa Faustina Kowalska en el año 2000.
Evangelio del II Domingo de Pascua 2023 (A)
Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros».
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».
Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor».
Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros».
Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente».
Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!».
Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».
Jn 20, 19-31
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.
En verdad Dios Padre ha tenido misericordia de nosotros dándonos a Jesucristo, entregándolo a la muerte por nosotros y haciéndole vencedor del pecado y de la muerte por su resurrección. San Juan lo expresa maravillosamente al exclamar con asombro: “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna”1Jn 3, 16.
Misericordia es una palabra compuesta por otras dos, miseria y corazón, que viene a significar, el corazón que se inclina sobre la miseria. En efecto, Dios es infinitamente misericordioso porque se ha inclinado con corazón amoroso sobre el hombre, hundido en la miseria del pecado y de la muerte, para levantarlo y elevarlo a la categoría de hijo de Dios.
La Divina Misericordia
En la parábola del hijo pródigo se ve claramente como al regresar a la casa paterna, el padre lo estaba esperando, lo perdona abrazándolo con amor, le restaura su dignidad de hijo, y alegre por haberle recuperado celebra una fiesta compartiendo con todos su dicha.
Podríamos decir que en esa parábola falta un tercer hermano, el que cuenta la parábola, Jesucristo. Es el hijo y hermano bueno que sale en busca del hermano perdido para traérselo de nuevo al padre y, para eso, está dispuesto a entregar su vida por amor al padre y a su hermano. Por eso a Jesús podemos llamarle: la Divina Misericordia del Padre.
Dos cosas fundamentales nos enseña Jesús en esa parábola: que Dios es infinitamente misericordioso y está dispuesto a perdonarnos, y que para poder recibir ese perdón y recuperar la vida de hijos de Dios es necesario volver a la casa paterna para no vivir ya como siervos sino como hijos.
La misericordia está siempre unida a la verdad
Y así, aunque Dios es misericordioso, no podemos recibir esa misericordia si nosotros no aceptamos que Dios nos saque de la miseria como a Pedro: “Si no te lavo no tienes parte conmigo”2Jn 14, 8. El apóstol quería estar con el Señor pero le había dicho a Jesús: “no me lavarás los pies jamás”. No hay perdón sin arrepentimiento, no hay misericordia sin reconocimiento de nuestra miseria.
No es coherente pensar que la misericordia está reñida con la verdad de nuestra vida y nuestro pecado. Sería como si el hijo pródigo quisiese volver a casa pero sin aceptar que el padre lo abrazase, lo pusiese un vestido nuevo y le devolviese el anillo que lo reconocía como hijo y heredero suyo.
Acojamos la misericordia del Señor en nuestra vida reconociendo nuestro pecado y con deseo de conversión. Como a la mujer adúltera, Cristo Resucitado nos dice: “Yo tampoco te condeno pero, en adelante, no peques más”3Jn 8, 11.
16 de abril de 2023.
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- 1Jn 3, 16
- 2Jn 14, 8
- 3Jn 8, 11