Tanto en el evangelio de este III domingo de pascua, como en el del domingo pasado, Jesús nos invita a permanecer siempre en el cenáculo.
Evangelio del III Domingo de Pascua 2023 (A)
Aquel mismo día, el primero de la semana, dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. Él les dijo: «¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?».
Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió: «¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?».
Él les dijo: «¿Qué?».
Ellos le contestaron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».
Entonces él les dijo: «¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?».
Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras. Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».
Y entró para quedarse con ellos.Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista. Y se dijeron el uno al otro: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».
Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón». Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
Lc 24, 13-35
Permanecer siempre en el cenáculo
El cenáculo es el lugar donde Cristo celebró la Última Cena, donde él se les manifestó resucitado y donde, junto con María en oración, recibieron la efusión del Espíritu Santo. El cenáculo es, por tanto, una imagen perfecta de la Iglesia, donde cada domingo nos encontramos con Cristo Resucitado que nos explica las Escrituras y nos alimenta con su Cuerpo y Sangre.
El pasado domingo vimos como el apóstol Tomás, por no estar en el cenáculo junto al resto de los apóstoles, se perdió el encuentro con el Resucitado. Fue necesario que al domingo siguiente estuviese junto a ellos para poder encontrarse con Él.
En este domingo vemos como los discípulos de Emaús abandonaron la comunidad cristiana desesperanzados tras la pasión y muerte de Jesús. “Nosotros esperábamos” es la queja que le dirigieron a Jesús cuando este se puso a caminar con ellos. Sin reconocerlo aún, él entró en diálogo con ellos, les explicó las Escrituras y, al partir el pan, pudieron descubrirle resucitado.
A Cristo Resucitado se le encuentra siempre en su cuerpo que es la Iglesia y, solo fuera de ella, para atraer a la misma. En el cenáculo Cristo se mostró resucitado a sus discípulos. A los de Emaús los buscó para atraerlos de nuevo al cenáculo que es la Iglesia.
El abandono de la Iglesia
Por eso, la primera tentación con la que el demonio nos tienta en nuestra vida para separarnos de Jesús es la de no permanecer en la Iglesia, la de no asistir a la Eucaristía dominical donde, junto a los hermanos en la fe, nos explica la Escrituras y parte para nosotros el pan.
Normalmente esta estrategia maligna suele comenzar expresándose muchas veces con un “soy católico pero no practicante”. Después viene la tentación del “creo en Jesús pero no en la Iglesia”. Lo siguiente es hablar mucho del humanismo cristiano y de sus valores pero sin creer en la divinidad de Jesucristo. Finalmente, uno puede terminar diciendo que no se puede saber si Dios existe o, incluso, negando su existencia.
Este drama de la falta de fe en muchas personas comenzó con el abandono del cenáculo, después le siguió la vivencia de un cristianismo a la carta y, finalmente no quedó nada de la primera amistad con Jesús.
Pidámosle a Jesús el don de vivir siempre unidos a la Iglesia.
23 de abril de 2023.