Una de las enseñanzas evangélicas que más repite Jesús es que la santidad consiste en hacerse pequeños.
Evangelio del XXVIII Domingo del T. Ordinario 2024 (B)
En aquel tiempo, cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló ante él y le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?».
Jesús le contestó: «¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre».
Él replicó: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud».
Jesús se quedó mirándolo, lo amó y le dijo: «Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dáselo a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego ven y sígueme».
A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó triste porque era muy rico.
Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: «¡Qué difícil les será entrar en el reino de Dios a los que tienen riquezas!».
Los discípulos quedaron sorprendidos de estas palabras. Pero Jesús añadió: «Hijos, ¡qué difícil es entrar en el reino de Dios! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios».
Ellos se espantaron y comentaban: «Entonces, ¿quién puede salvarse?».
Jesús se les quedó mirando y les dijo: «Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo».
Mc 10, 17-27
En el evangelio del pasado domingo Jesús manifestó a los apóstoles que el que no reciba el Reino de Dios como un niño no podrá entrar en él. Este domingo, el Señor explica qué significan esta enseñanza en el encuentro con el joven rico.
Después de abrazar a los niños, dice san Marcos que Jesús se ponía ya en camino cuando se acercó uno corriendo, se arrodilló ante él y le dijo: “Maestro, ¿qué he de hacer para heredar la vida eterna?”.
San Beda el Venerable comenta este pasaje indicando que el joven rico le pidió a Jesús que le explicara claramente, y no con parábolas, qué méritos tenía que hacer para ganar la vida eterna. A esto Jesús le respondió indicándole que tenía que cumplir los mandamientos, es decir, la ley de Dios tal y como aparece en el Antiguo Testamento.
Parece que aun cumpliendo la ley, el joven rico no estaba muy tranquilo en su conciencia pues, como queriendo saber más, indicó a Jesús que los mandamientos ya los cumplía. Y Jesús, que conoce lo profundo de nuestros corazones, reconociendo que era un buen judío, le respondió mirándole -con amor y agrado- que le faltaba una cosa para ser perfecto.
Ser perfectos es más que ser buenos
Es claro que Jesús distingue entre ser buenos y ser perfectos. Vivir deseando cumplir los mandamientos nos hace buenos, pero la perfección es algo más.
Por un lado, es claro que la perfección cristiana no consiste en hacerlo todo perfectamente. De hecho, no se dice en ningún momento que el joven rico cumpliese bien y en todo momento los mandamientos. Lo que se dice es que “los cumplía”, pero se entiende -pues todos somos pecadores- en el sentido de que buscaba siempre ser fiel al Señor en esto. Por tanto, Jesús no se está refiriendo a nuestra imperfección a la hora de cumplir los mandamientos.
Por otro lado, cuando Jesús le pide al joven rico que lo deje todo para seguirle, este se pone triste porque su corazón estaba apegado a las riquezas y eso le impedía estar dispuesto a agradar al Señor no solo cumpliendo los mandamientos, sino incluso a agradarle en cualquier cosa que le pidiese. A esto se está refiriendo el Señor cuando habla de la perfección cristiana.
Es aquí donde Jesús nos muestra que la perfección -la santidad- consiste en buscar en todo el agrado de Dios, buscando cumplir siempre los mandamientos, pero estando también siempre dispuestos a no negarle nada. Cumplir los mandamientos agrada a Dios pero hay más cosas que le agradany que no son el mero cumplimiento de unas normas.
La santidad consiste en hacerse pequeños
Beda sigue comentando que Jesús está aclarando al joven rico que los que buscan la perfección son menores aún que los que buscan tan solo cumplir los mandamientos, es decir, que son aún más pequeños -lo cual había dicho que es necesario para entrar en el Reino de Dios-.
¿Por qué? Porque tanto cumplir los mandamientos de modo perfecto como el no negarle nada en todo lo demás, es algo que no está en nuestras manos ya que -como dice el Señor- “para los hombres es imposible”. Por eso la santidad consiste en hacerse pequeños, es decir, en hacerse como niños que todo lo reciben de su Padre Dios, pues solo “para Dios todo es posible”.
Solo así pueden entenderse las palabras del Señor cuando dice que el Reino de Dios ha de recibirse haciéndose niños.
Nos pueden iluminar unas palabras de Sta. Teresa del Niño Jesús, cuya fiesta celebramos el pasado uno de octubre:
“La santidad no consiste en tal o cual práctica; consiste en una disposición del corazón que nos mantiene humildes y pequeños en los brazos de Dios, conscientes de nuestra debilidad, y plenamente confiados en su bondad de Padre. [..] Hemos de resignamos a permanecer siempre pobres y débiles, y esto es lo difícil; amemos nuestra pequeñez, nuestra impotencia; entonces seremos pobres de espíritu, y Jesús bajará hasta nosotros y nos transformará en llamas de amor.”
13 de octubre de 2024.