Las lecturas de este domingo, especialmente la del evangelio, nos permite adentrarnos en el conocimiento de las fuentes de la moralidad.
Evangelio del XXXII Domingo del T. Ordinario 2024 (B)
En aquel tiempo, Jesús, instruyendo al gentío, les decía: «¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en las plazas, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas y aparentan hacer largas oraciones. Esos recibirán una condenación más rigurosa».
Estando Jesús sentado enfrente del tesoro del templo, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban mucho; se acercó una viuda pobre y echó dos monedillas, es decir, un cuadrante.
Llamando a sus discípulos, les dijo: «En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir».
Mc 12, 38-44
Las acciones morales
En la primera lectura contemplamos a la viuda de Sarepta que, movida por el profeta Elías y confiando por su palabra en el Señor, realiza el bien dando de comer al profeta con lo único que le queda para que ella y su hijo puedan subsistir. El Señor premiará su acción generosa y desprendida colmándole con creces.
En el evangelio, Jesús alaba la acción buena de la viuda pobre que acercándose al tesoro del templo hace una limosna con tan solo dos monedillas que, según él, era de lo que tenía para vivir. Jesús remarca la grandeza de su acción porque aunque su ofrenda sea pequeña, en realidad es muy grande porque da mucho en comparación con lo poco que tiene.
A esta acción buena, Jesús contrapone la acción mala de aquellos que también hacían limosnas pero lo hacían para ser vistos por los demás.
Lo primero que cabe indicar es que llamamos acción moral a toda acción del hombre que se realiza libremente. Hay acciones del hombre que son involuntarias y estas no son calificables moralmente. A las acciones voluntarias, en cambio, podemos calificarlas de moralmente buenas o malas según sean conformes al amor de Dios y/o del prójimo.
Las fuentes de la moralidad
Toda acción tiene tres aspectos a tener en cuenta a la hora de valorar su moralidad como buena o mala. Esos tres aspectos, conocidos como las fuentes de la moralidad, deben ser buenos los tres para que dicha acción pueda ser calificada como moralmente buena. Cuando uno de esos tres aspectos es malo, la acción ha de calificarse como moralmente mala. Esos tres aspectos aparecen claramente en el evangelio de este domingo.
La primera fuente de la moralidad -la más importante- es el objeto mismo de la acción, que en este caso es dar una limosna. Es claro que dar una limosna -ayudar al prójimo material o económicamente- ha de ser considerado siempre como moralmente bueno y, por tanto, en este sentido, tanto los escribas como la viuda pobre realizan una acción cuyo aspecto principal -dar limosna- es bueno.
La intención con la que realizamos nuestras acciones
El segundo aspecto a tener en cuenta en toda acción moral es la intención con la que se realiza. En este caso, sin embargo, Jesús nos enseña que los escribas no tienen una buena intención porque dan limosna por una intención que no es recta -la de que les vean y aplaudan los demás-. Eso hace que su acción se convierta en moralmente mala, aunque dar limosna sea algo bueno en sí mismo -en su objeto-. Podemos decir que una intención mala vicia una acción buena y la convierte finalmente en una acción moralmente mala.
Aquí hay que indicar que no es que el Señor no quiera que nuestras acciones puedan ser vistas por los demás y que estas puedan ser tomadas como ejemplo a seguir. De hecho, en otras ocasiones, Jesús nos invita a dar ejemplo con nuestras acciones: “Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”1. Claro que él quiere que nuestra vida sea ejemplo para los demás, pero esto ha de ser consecuencia de nuestra acción y no tanto el motivo para esa buena acción.
Las circunstancias en las que realizamos nuestras acciones
El tercer aspecto -o fuente de la moralidad- que hay que tener en cuenta en toda acción voluntaria del hombre es el de las circunstancias. Estas siempre deben tenerse en cuenta a la hora de actuar.
En el caso de la viuda del evangelio, sus circunstancias no son buenas porque es pobre y al dar la limosna actúa contra el bienestar de su vida que siempre Dios nos llama a cuidar. Sin embargo, este aspecto de la moralidad tiene la particularidad de ser accidental, es decir, que puede ser superado por el mandamiento nuevo del amor que nos invita a amar como Cristo nos amó.
La accidentalidad de este tercer aspecto es la que justifica que podamos p.ej. renunciar al derecho a la defensa propia para -por amor a Cristo- entregar la vida en el martirio. En el caso de esta viuda, su circunstancia de ser pobre hace que su limosna adquiera un valor mayor que lleva a Cristo a alabar con creces su acción al decir de ella que “ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie”.
Esta circunstancia puede no ser accidental en el caso de que perjudique la obligatoriedad de cuidar de otras personas a nuestro cargo. El ejemplo lo tenemos en la viuda de Sarepta que aparece en la primera lectura. Esa mujer tiene un hijo a su cargo y no debería dar limosna porque se debe al cuidado de su hijo. Por amor, podemos dar nuestra vida, pero no la de los demás. En la vida cotidiana tenemos otros casos similares p. ej. en la obligación de las autoridades civiles respecto al cuidado de sus súbditos (policías, soldados, etc.).
Sin embargo, hay que decir que el caso de la viuda de Sarepta es una excepción, al tratarse de un caso extraordinario en el cual el profeta le indica que él va a realizar -si confía en Dios- el milagro de reponerle con creces los alimentos que su hijo y ella van a perder al darle de comer a él.
10 de noviembre de 2024.
- Mt 5, 15 ↩︎