Cada año, al llegar al mes de noviembre en el que celebramos los últimos domingos del año litúrgico, la Iglesia nos propone la meditación de los novísimos, que es como se conoce a los misterios que acontecerán a cada hombre al final de su vida: muerte, juicio y vida eterna -cielo o infierno-.
Evangelio del XXXI Domingo del T. Ordinario 2024 (B)
En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: «¿Qué mandamiento es el primero de todos?».
Respondió Jesús: «El primero es: «Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser». El segundo es este: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». No hay mandamiento mayor que estos».
El escriba replicó: «Muy bien, Maestro, sin duda tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios».
Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo: «No estás lejos del reino de Dios».
Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas..
Mc 12, 28b-34
La meditación de los novísimos
La reflexión personal sobre estas realidades es necesaria porque dispone al hombre para que afronte conscientemente su destino eterno. Así lo insistió Jesús numerosas veces, como cuando dijo “Estad en vela porque no sabéis que día vendrá vuestro Señor”1.
Hace dos días tuvimos celebramos gozosos en una misma fiesta la solemnidad de Todos los Santos, es decir, de todos aquellos hermanos nuestros -canonizados o no- que gozan ya en el cielo de la visión beatífica de Dios que, como dice San Pablo, consiste en estar para siempre con el Señor2.
Ayer, en la conmemoración de los fieles difuntos, pudimos recordar a todos esos hermanos nuestros que, habiendo muerto en gracia -amistad con Dios-, no se han purificado suficientemente de sus pecados en esta vida, por lo que permanecen en el purgatorio preparándose para el encuentro definitivo con Dios. En la Misa, la Iglesia reza cada día por todos ellos ofreciendo al Padre los méritos infinitos de su Hijo Jesucristo.
La realidad del infierno
Ahora bien. Existe otra realidad -la del infierno- de la que quizás se habla menos hoy en día, y a la cual incluso se le da muy poca credibilidad. El rechazo en nuestra sociedad de esta realidad es tan grande que incluso la Iglesia utiliza en la nueva traducción de los leccionarios que se usan en la liturgia la expresión griega “gehena” que significa el fuego que no se apaga.
Se argumenta que Dios es infinitamente misericordioso olvidando que también es infinitamente justo. Se dice que si Jesús habló de la posibilidad de la condenación fue porque eran otros tiempos, olvidando que Él nos dijo que cielo y tierra pasarían pero que sus palabras no pasarían3. También se dice que lo que pretendía Jesús era movernos a ser buenos, olvidando que Jesús no aparece nunca en el evangelio engañando ni tomando por tonto a nadie.
La revelación de Dios, y más en concreto las palabras de Jesús, hay que tomarla en serio. No podemos construir un cristianismo a la carta.
La Iglesia sintetiza maravillosamente la enseñanza de Jesús a este respecto, cuando en el Compendio del Catecismo -habiendo hablado en los números anteriores del cielo y el purgatorio-, responde a la pregunta “¿En qué consiste el infierno?”, indicando que “consiste en la condenación eterna de todos aquellos que mueren por libre elección en pecado mortal”.
Dice también que “la pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios, en quien únicamente encuentra el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira”, y finaliza diciendo que “Cristo mismo expresa esta realidad en las palabras «alejaos de mí, malditos, e id al fuego eterno»”4.
Claramente aparece en estas palabras la realidad de la posibilidad fatídica de la condenación eterna y son muchas las alusiones de la revelación de Dios a la existencia del infierno y de la posibilidad de la condenación.
Pero también aparece con claridad en la enseñanza de Palabra de Dios que esa condena es siempre fruto de la libre elección del hombre y, por tanto, no debemos entenderla nunca como una arbitrariedad por parte de Dios.
Hay que tener especial cuidado cuando hablamos del misterio de Dios, para no proyectar en Él el actuar imperfecto del hombre que muchas veces actúa por amor propio y con una justicia arbitraria.
La realidad del cielo
Para comprender mejor la realidad del infierno hay que partir de la realidad del cielo.
Las palabras del compendio son claras: el hombre ha sido creado para la felicidad plena y solo en Dios puede encontrar esa felicidad infinita. El cielo consiste en estar con Dios para siempre -eternamente-, y la no consecución por parte del hombre de ese destino se traduce en una privación eterna de esa felicidad, en un fracaso existencial que ha renunciado libremente al Amor que lo puede hacer feliz.
La parábola del hijo pródigo5 es fuente de luz acerca de este misterio. En ella se nos muestra como la felicidad del hijo consiste en estar en la casa del padre. El hijo se va de casa libremente y esto le lleva a la infelicidad. El padre aparece esperando en todo momento el regreso del hijo y cuando esto sucede le perdona y le acoge de nuevo con gran alegría.
De este modo, haciendo referencia a la misericordia infinita de Dios Padre, Jesús remarca la libertad del hijo al irse de casa y como el padre busca siempre el bien del hijo. En la parábola anterior de la oveja perdida, al indicar que el pastor busca a esa oveja perdida, Jesús nos revela como la misericordia de Dios consiste, no solo en esperar, sino incluso salir en la búsqueda del hombre perdido en su pecado.
Podríamos preguntarnos si el padre habría sido un buen padre obligando por la fuerza a su hijo a quedarse con él. Es claro que un cielo que es obligatorio no puede ser bueno. San Agustín dice a este respecto: “Dios que te creo sin ti, no te salvará sin ti”, y el catecismo lo expresa también sdiciendo que “salvo que elijamos libremente amarle -a Dios- no podemos estar unirnos” con Él.
De este modo, Jesús nos revela la infinita misericordia de Dios que está siempre dispuesto a perdonarnos. Teniendo así en cuenta el conjunto de toda la Sagrada Escritura, entendemos perfectamente como en Dios se concilian perfectamente justicia y misericordia.
La consecuencia eterna de nuestras decisiones
El catecismo nos da más detalles de esta realidad cuando dice que “Morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección”6.
Y es que mientras que permanecemos en la temporalidad de esta vida, tenemos la oportunidad de arrepentirnos de nuestros pecados y abrazar el amor de Dios. Así le sucedió, por ejemplo, al buen ladrón que en el último momento de su vida se arrepintió de sus pecados pidiendo misericordia a Jesús clavado en la cruz.
La eternidad de la condena que conlleva el morir en pecado sin estar arrepentido es consecuencia del paso por la muerte a una nueva situación en la que el hombre no vive ya en la temporalidad sino en la eternidad. Nuevamente hay que recurrir a la realidad del cielo para entenderlo. Esta nueva situación es la que posibilita que el cielo pueda ser para siempre. La vida se nos ha dado para elegir libremente nuestro destino eterno.
Aplicación para nuestra vida
No debemos tener ningún miedo a pararnos en nuestra vida en la meditación de los novísimos pues Dios nos ha creado para el cielo y Él es infinitamente justo y misericordioso. El único miedo que hemos de tener es el de alejarnos del amor de Dios con nuestras malas obras, pues separados de su amor solo hallaremos tristeza, dolor y muerte.
Las palabras de Jesús nos reconfortan: “No se turbe vuestro corazón. ¿Creéis en Dios? Creed también mí. Ahora yo v oy a prepararos un lugar, y cuando os lo haya preparado volveré y os tomaré conmigo, para que donde yo esté, estéis también allí conmigo” 7.
3 de noviembre de 2024.