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Un rey que celebra la boda de su hijo

El evangelio de este domingo nos sigue describiendo el reino de los cielos por medio de parábolas y, en esta ocasión, lo hace con la de un rey que celebra la boda de su hijo. Ese rey y padre representa a Dios Padre que nos ha dado a su Hijo Jesucristo para desposarse con la Iglesia. Los convidados somos cada uno de nosotros, invitados como miembros de esta Iglesia esposa.

Un rey que celebra la boda de su hijo

El evangelio de este domingo nos sigue describiendo el reino de los cielos por medio de parábolas y, en esta ocasión, lo hace con la de un rey que celebra la boda de su hijo. Ese rey y padre representa a Dios Padre que nos ha dado a su Hijo Jesucristo para desposarse con la Iglesia. Los convidados somos cada uno de nosotros, invitados como miembros de esta Iglesia esposa.

La historia de la salvación

Las lecturas de la liturgia de este domingo son una narración que resume la historia de la salvación, tanto de la creación como de la redención. En evangelio se nos habla en parábola de una viña que, según San Jerónimo y citando a Isaías, representa a la casa de Israel y que, para nosotros, hace referencia perfectamente a la Iglesia y a la humanidad del pasado y del presente.

La justicia según Dios

El modo diferente de pensar divino respecto del humano se ve, por ejemplo, en el sentido de la justicia según Dios. En primer lugar, conviene indicar el significado del término justicia que, según la definición clásica greco-romana, es la de “dar a cada uno lo que le corresponde” en lo individual, y la de “restablecer el orden destruido” en lo social.

La forma que Dios tiene de ver las cosas

El evangelio de este domingo nos muestra lo diferente que es la forma que Dios tiene de ver las cosas respecto de la de los hombres. En efecto, aun habiéndose revelado mostrándonos su visión de las cosas y su querer, nosotros los hombres no acabamos de sintonizar con Él: “mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos”.

El Señor lloró

En el Monte de los Olivos, en Tierra Santa, una Iglesia llamada Dominus Flevit -“El Señor lloró”- recuerda el acontecimiento de las lágrimas de Jesús al acercarse a Jerusalén momentos antes de padecer por nosotros. Esas lágrimas manifiestan la pena del Señor ante la falta de correspondencia de su Pueblo, ante el rechazo de su palabra y de su gracia salvadora.

La Divina Misericordia

Celebramos hoy el II domingo de Pascua, fiesta de la Divina Misericordia, instituida por San Juan Pablo II en el año 2000. En verdad Dios Padre ha tenido misericordia de nosotros dándonos a Jesucristo, entregándolo a la muerte por nosotros y haciéndole vencedor del pecado y de la muerte por su resurrección.

No escondamos la luz

En este domingo nos invita el Señor a que no escondamos la luz que él nos ha transmitido. Allí donde no hay conocimiento de Dios brillan las tinieblas de la ignorancia y del error. En cambio, donde brilla el conocimiento de Jesucristo se disipan las tinieblas del pecado y de la muerte, del egoísmo y del error.

Conocer a Jesucristo

Después de haber celebrado el Bautismo del Señor, San Juan Bautista quiere mostrarnos la importancia de conocer a Jesucristo en nuestra vida. En el evangelio de este domingo llama la atención que el bautista diga hasta por dos veces, refiriéndose a Jesús, que “no lo conocía”.

La historia no es cíclica

Aunque el domingo pasado comenzamos un nuevo año litúrgico, sin embargo, debemos tener claro que la historia no es cíclica ni está siempre como repitiéndose. Más bien, al contrario, la concepción cristina de la historia es lineal porque Cristo ha convertido el enredo de una historia de pecado y de muerte en historia de salvación.