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Dios con nosotros

Nos acercamos ya a la celebración de la Navidad. Estamos próximos al cumplimiento de las promesas de Dios que, por la Encarnación, se ha convertido en el Dios con nosotros. Durante este tiempo de adviento se nos vienen anunciando las promesas del Señor: “viene en persona y os salvará” (Is 35, 4), dice el profeta Isaías.

Domingo de gozo

Al llegar este domingo al meridiano del tiempo del adviento cele-bramos hoy el domingo de gozo o “gaudete” en latín, en referencia a las palabras que con las que San Pablo nos anima a seguir cami-nando al encuentro de Cristo que viene: “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegros. El Señor está cerca”.

La historia no es cíclica

Aunque el domingo pasado comenzamos un nuevo año litúrgico, sin embargo, debemos tener claro que la historia no es cíclica ni está siempre como repitiéndose. Más bien, al contrario, la concepción cristina de la historia es lineal porque Cristo ha convertido el enredo de una historia de pecado y de muerte en historia de salvación.

La salvación está ya cerca

Este domingo comenzamos el Tiempo del Adviento y también un nuevo año litúrgico. Es un tiempo de esperanza para prepararnos a la venida de Cristo en la Navidad. Como nos dice San Pablo, dejemos las actividades de las tinieblas y revistámonos de las armas de la luz. Que en este tiempo nuestro clamor sea: “Ven Señor, Jesús. Ven pronto”.

Y Jesús callaba

Con esta expresión, “y Jesús callaba”(Mt 26, 63), el evangelista San Mateo describe la actitud de Jesús ante las acusaciones de los sumos sacerdotes y el Sanedrín, al inicio de su Pasión. Esta misma actitud la descubrimos en el evangelio de este último domingo del año litúrgico, solemnidad de “Cristo, Rey del Universo”.

El final de los tiempos

Al llegar al final del año litúrgico siempre meditamos en la Iglesia sobre el final de los tiempos. Pero también cada domingo, al celebrar la Eucaristía, son dos los momentos de la liturgia en los que la Iglesia hace referencia a ese final de la historia: la profesión de la fe, y la respuesta al finalizar la consagración.

Estar para siempre con el Señor

Cuando San Pablo se dirige a los Tesalonicenses, y les habla de la suerte que corren los muertos, da una definición maravillosa acerca de en qué consiste la vida eterna, indicando que allí “estaremos para siempre con el Señor”. En la Sagrada Escritura son numerosos los pasajes que nos dicen que vivir en el cielo es “estar con Cristo para siempre”

La sorpresa del amor de Dios

La sorpresa del amor de Dios que nos antecede es una de verdades más reconfortantes de nuestra fe cristiana. Así aparece en el evange-lio de este domingo, donde Zaqueo es sorprendido por ese amor de Dios, y así nos lo revela también San Juan en su primera carta cuando nos dice que “Él nos amó primero” (I Jn 4, 19).

No hay verdadera oración sin humildad

Si el pasado domingo el Señor nos insistía en la importancia de ser diligentes en la oración, en este domingo quiere enseñarnos que esa oración tiene que hacerse con humildad, pues no hay verdadera oración sin humildad. Para ello el Señor nos pone dos ejemplos, el del fariseo que rezó con soberbia, y el del pu-blicano que lo hizo con humildad.

Un Padre santo que cuida de nosotros

Olvidar la santidad y bondad de Dios, incluso su existencia como realidad suprema, nos ha hecho olvidar que tenemos un Padre bueno y amoroso que nos cuida y está atento a nuestras peticiones y necesidades. Solo desde aquí puede entenderse lo que es la oración cristiana, como un encuentro y diálogo amorosos de la criatura con su Padre Dios.