Estar para siempre con el Señor

Cuando San Pablo se dirige a los Tesalonicenses, y les habla de la suerte que corren los muertos, da una definición maravillosa acerca de en qué consiste la vida eterna, indicando que allí “estaremos para siempre con el Señor”. En la Sagrada Escritura son numerosos los pasajes que nos dicen que vivir en el cielo es “estar con Cristo para siempre”

La sorpresa del amor de Dios

La sorpresa del amor de Dios que nos antecede es una de verdades más reconfortantes de nuestra fe cristiana. Así aparece en el evange-lio de este domingo, donde Zaqueo es sorprendido por ese amor de Dios, y así nos lo revela también San Juan en su primera carta cuando nos dice que “Él nos amó primero” (I Jn 4, 19).

No hay verdadera oración sin humildad

Si el pasado domingo el Señor nos insistía en la importancia de ser diligentes en la oración, en este domingo quiere enseñarnos que esa oración tiene que hacerse con humildad, pues no hay verdadera oración sin humildad. Para ello el Señor nos pone dos ejemplos, el del fariseo que rezó con soberbia, y el del pu-blicano que lo hizo con humildad.

Un Padre santo que cuida de nosotros

Olvidar la santidad y bondad de Dios, incluso su existencia como realidad suprema, nos ha hecho olvidar que tenemos un Padre bueno y amoroso que nos cuida y está atento a nuestras peticiones y necesidades. Solo desde aquí puede entenderse lo que es la oración cristiana, como un encuentro y diálogo amorosos de la criatura con su Padre Dios.

Se acercaron con los ruegos de la fe

Los diez leprosos salieron al encuentro de Jesús cuando pasaba entre Samaria y Galilea. Sin embargo, no se atrevieron a acer-carse a Jesús y le gritaron desde lejos porque la ley no les per-mitía acercarse a los sanos. Pensaron que el maestro les recha-zaría y temieron acercarse físicamente, aunque sí se acercaron con los ruegos de la fe.

Auméntanos la fe

En el evangelio de este domingo los discípulos le piden al Se-ñor que aumente su fe. La razón está en que Jesús les había indicado anteriormente que deben estar dispuestos a perdonar siempre al que les ofende. El Señor les responde que la fe es poderosa, y que con ella podrían hacer cosas maravillosas.

Dios premia y castiga

En el evangelio de este domingo Jesús nos muestra al rico epu-lón como modelo de hijo del mundo, y al pobre Lázaro como modelo de hijo de la luz. En esta parábola descubrimos la ense-ñanza clave que el Señor nos quiere transmitir, que Dios premia y castiga nuestras buenas o malas acciones en este mundo.

Los hijos de la luz

Los hijos de la luz son invitados por el Señor a ser astutos como lo son los hijos de este mundo, para poder heredar así la vida eterna. Esta es la enseñanza central del evangelio de este XXV Domingo del Tiempo Ordinario. El evangelio muestra una contraposición entre los hijos del mundo y los hijos de la luz.

Dios es Amor

Dios es Amor. Esta es la verdad central del cristianismo que aparece revelada con total claridad en toda la tradición cristiana, tanto en el antiguo, como en el nuevo testamento. El amor es una realidad muy particular. Podemos entenderlo en primer lugar como una tendencia del hombre a adquirir aquello que le falta.

La renuncia cristiana es relativa

La renuncia cristiana es relativa y nunca absoluta. Jesús no nos pide nunca renunciar porque sí, o por antojo suyo. Él nos enseña a situar cada cosa en su justo lugar, en orden a nuestro bien y al de los demás. Y ese bien es nuestra felicidad en este mundo y en la vida eterna.